Si viviéramos en Estados Unidos, donde los fiscales obtienen su puesto por el voto popular, Alejandro Solalinde tendría grandes posibilidades de ganar; sobre todo después de haber sido el primero en anunciar a la opinión pública el paradero eventual de los normalistas desaparecidos.

Todo indica que, tristemente, sus fuentes tuvieron razón; al menos en parte.

Con ropas siempre blancas, camisa de cuello mao y el estilo de un padre de pueblo, a la vez modesto y severo, y con una reputación bien ganada como defensor de las víctimas de la migración, Solalinde posee una voz que suele ser atendida con respeto por la sociedad y es temida por las autoridades.

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