El error de abril

La defensa que hizo de su secretaria de Desarrollo Social es el primer error grave que Enrique Peña Nieto comete como presidente de la República: “No te preocupes Rosario, hay que aguantar porque han empezado las críticas, han empezado las descalificaciones de aquellos a quienes ocupa y preocupa la política y las elecciones…” Con esta sola frase desestimó la denuncia que sus principales aliados del Pacto por México realizaron, precisamente por el uso electoral que está haciendo el PRI de los programas sociales en Veracruz y en otras entidades. Y para que resonara mucho el espaldarazo, el jefe del gobierno mexicano lo hizo del brazo del ex presidente brasileño Luiz Ignacio Lula Da Silva.

En revancha, al dirigente panista Gustavo Madero no le tembló la voz: “Si no se garantizan las reglas de competencia política se pondrán en riesgo los acuerdos que podrían cambiarle el rostro a México”. En términos parecidos reaccionó Jesús Zambrano: es inaceptable que la pobreza sea utilizada por el PRI como botín electoral. El Pacto por México está en riego.

No es novedad que los partidos mexicanos intercambien favores ilegales por votos. Es herramienta de uso común de la clase política mexicana entregar dádivas subvencionadas con los recursos del contribuyente, a las poblaciones más marginadas, a cambio de sufragios. Así lo hizo Peña Nieto cuando gobernó el Estado de México, igual que los últimos cinco jefes de gobierno, todos perredistas, del DF o los funcionarios panistas, federales y estatales.

La novedad radica en que, por la distribución geográfica del poder que hoy muestran los partidos, ese uso corrupto de los recursos públicos tenderá a beneficiar al partido tricolor, dejando estructuralmente debilitados a sus opositores para competir en el futuro. Si PAN y PRD no combaten frontalmente este mal, la oposición al PRI volverá a ser decorativa.

Las pruebas que el PAN presentó en Veracruz son difíciles de desestimar. Largas grabaciones donde los funcionarios priístas instruyen a operadores electorales sobre cómo deben usar los programas sociales para atraer votantes o para excluir beneficiarios tomando en cuenta su filiación partidista. Por obra de este material se puede seguir la cadena del abuso hasta los eslabones más altos. De ahí que se haya señalado a la secretaria Rosario Robles y al gobernador de Veracruz, Javier Duarte, como potenciales responsables de este acto de corrupción.

Una vez exhibidas las pruebas y realizada la denuncia política ante el presidente, se esperaba que él condenara los hechos, pusiera en orden a los suyos e hiciera un llamado creíble para combatir tales prácticas. En vez de ello, ordenó a su subalterna desestimar las críticas y seguir haciendo lo que hasta ahora ha hecho. Cabe decir que el mensaje no sólo fue atendido por la ex jefa de gobierno del DF; recibieron también la instrucción todos los operadores del PRI, que este año tienen la encomienda de comprar votos en 14 entidades con recursos públicos.

La respuesta presidencial deja en circunstancia muy incómoda tanto a Madero como a Zambrano. Hoy el liderazgo que ambos dentro de sus fuerzas políticas depende, en gran medida, de la alianza que aún sostienen con el presidente alrededor del Pacto por México. Fue contra tal alianza que jugó la declaración de Peña Nieto. Al hacerlo, no sólo marcó luz verde para los mapaches de su partido, también abrió las rejas para que la jauría que hay en los demás partidos ataque ferozmente a sus respectivos líderes.

¿Será que Peña Nieto calcula ya las últimas horas de vida del Pacto por México?

Es justo en este punto donde las cosas se vuelven confusas. A la fecha, ese compromiso político no tiene un avance de más del 10%; a la reforma educativa todavía le falta la ley secundaria, la ley de telecomunicaciones todavía no sale del horno, la fiscal o la energética ni siquiera han entrado. En tal contexto fue temerario, por parte del presidente, dar la espalda a sus aliados de la oposición. Aun si el PRI arrasará en las 14 elecciones de este año, la recompensa sería inferior a lo extraviado. En el futuro Peña Nieto podría ser juzgado como un líder de Estado o como un mapache electorero más. Entre ambos títulos, ¿para qué quedarse con el segundo?