26. Phoenix y su nihilismo

Tiene todo de interesante visitar los museos dedicados a la memoria que hay en Texas, Nuevo México y Arizona. Cada uno cuenta una historia muy distinta a propósito de su fundación y también sobre las poblaciones que les constituyeron. El más importante museo texano está en Austin. Ahí se narra a detalle la saga de la independencia de México. Se recrean las batallas, los testimonios, cada uno de los hechos; más allá de destacar a los pocos mexicanos que participaron con Sam Houston en las batallas del Álamo, Goliad o San Jacinto, los héroes obvios son los anglos que vinieron del noreste.

Contrasta esta narrativa con la que se cuenta en los museos de historia de Albuquerque y Santa Fe. Sobre todo porque en estos otros se elude disciplinadamente el maniqueísmo. Como si se tratara de la columna barroca en una iglesia católica, la museografía ahí cuida cada uno de los relieves que coinciden en el pasado nuevomexicano. No hay identidad que pese más que otra y tampoco culpa o deuda que deba omitirse. Con todo, un mensaje atraviesa con sonoridad: por más de cincuenta años (1948-1912), Nuevo México permaneció como territorio y no como estado de la Unión Americana, porque era demasiado mexicano. Y es que, en efecto, mientras California y Texas fueron aceptados como soberanías plenas –sin pasar por trámites excesivos– Arizona y Nuevo México recibieron trato de mojados.

Todavía duele que su importancia, en un principio, derivara de la ubicación geográfica: solo fueron relevantes en tanto que eran capaces de conectar al este de los Estados Unidos con las costas californianas del Pacífico. Fue por esta razón, y no por otras, que tales territorios dejaron de ser mexicanos; una vez logrado el objetivo, sus pobladores perdieron importancia ante los ojos de la Casa Blanca y El Capitolio. Así ocurrió, al menos, hasta principios del siglo XX cuando Ted Roosevelt tendió la mano para incorporar políticamente a esta geografía.

Estos hechos no se cuentan en el museo de historia de Phoenix porque en esta ciudad no hay museo de historia. En internet se anuncia que cerró hace cinco años por falta de fondos. Dos mediocres remedos, sin embargo, pueden encontrarse cuando se busca con ahínco. Hay una triste exposición dentro del edificio que aloja al Congreso de Arizona y otra, menos miserable, en la universidad pública. Ninguno de los dos recintos puede compararse con los visitados antes en Texas o Nuevo México. Y sin embargo son muy importantes, sobre todo por lo que callan.

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En el del Congreso, por ejemplo, el visitante se entera que hubo presencia jesuita o española en Arizona gracias a una colección de timbres postales donde brevemente se habla del Padre Kino. En cambio, ahí mismo hay una sala entera dedicada al barco Arizona que fuera hundido en Pearl Harbor, por los japoneses, durante la Segunda Guerra Mundial. En la sala contigua se acumulan los regalos que las familias francesas enviaron a las de Phoenix para agradecer La Liberación. Pero sobre los periodos español o mexicano de la historia de esta región no se hallan ahí más de seis frases.

En el museo de la Universidad sí se habla de los mexicanos. Se dice que fueron importantes para la explotación de cobre durante la segunda mitad del siglo XIX. También que, gracias al programa Bracero, trabajaron en los campos algodoneros de Yuma, cerca de San Luis Río Colorado. Punto.

Ésta es la historia oficial que se enseña en Phoenix, Arizona. No sorprende por tanto que Tom Horne, antiguo secretario de educación de este estado, y luego abogado (procurador) general de Arizona, se haya empeñado en sacar de las escuelas todo texto que desafíe los silencios impuestos. Argumentó Horne que tanto la literatura chicana como los libros que hablan de México, y también la pedagogía bicultural que ayuda a los hijos de los migrantes a destacar en sus estudios, significan materiales inadecuados y socialmente polarizantes. Por eso expatrió de las bibliotecas y las aulas escolares textos como el Dictrionary of Latino Civil Rights Movement, de Arturo Rosales, Bless me última, de Rudolfo Anaya, Zoot Suit, Viva la Raza o Always Runing, entre muchos otros.

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La promesa que Horne hizo a sus electores fue que su inquisición ayudaría a no dejar atrás a un solo niño. Cabe preguntarse cuál es el significado del vocablo “atrás”. Al parecer, en su concepción, como también en la de los museos de Phoenix, “atrás” es un pasado que es mejor borrar de la memoria. Acaso por ello este funcionario trajo de vuelta su propia Inquisición. Phoenix es hoy hija del nihilismo que suele producir monstruos extraordinarios, a condición de olvidar por todos los medios disponibles las cenizas que les dieron origen.

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