Hacia principios del año 2010 tuve oportunidad de preguntarle al entonces secretario de Educación, Alonso Lujambio, ¿por qué no impulsar a fondo una reforma educativa que profesionalizara el ingreso y la carrera de los maestros?

Respondió rápido porque la explicación la tenía meditada: “Desde esta oficina no se puede”. Tendría que mudarse a Los Pinos si quería emprenderla.

Más allá de su personal aspiración presidencial, Lujambio tenía razón: mientras Felipe Calderón fuera el jefe, nada iba a moverse sin el acuerdo de Elba Esther Gordillo.

El expresidente estaba convencido de que su triunfo en 2006 tuvo que ver con la participación en las urnas de las huestes de “La Maestra”. Desde el primer día de su Gobierno la trató como si le debiera un favor gordo.

Cuando Josefina Vázquez Mota, primera secretaria de Educación en su administración, optó por abrir conversaciones bilaterales con la disidencia del SNTE, la profesora montó en cólera y amenazó con la revolución que ocurriría si esa funcionaria osaba seguir menospreciando su autoridad.

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