19. Hispano no es Chicano

Los mayas los llamaron Chicxulub. Un asteroide gigantesco que supuestamente se estrelló contra la tierra transformando mares y continentes. En Nuevo México sus habitantes dicen que las enormes extensiones casi desérticas de su estado se deben hoy a lo que este objeto del universo hizo hace 65 millones de años. Se trata de uno de los paisajes más extraños de la tierra. Al mirarlo no sorprende que aquí corra la leyenda sobre un supuesto aterrizaje extraterrestre, en el poblado de Roswell, que el FBI y la CIA habrían ocultado, por allá de los años cincuenta del siglo pasado. O que se hayan encontrado en esta geografía más rastros de dinosaurios que en ninguna otro lugar de los Estados Unidos. Fue también aquí donde el gobierno gringo experimentó con la energía nuclear hasta desarrollar el arma que confirmó el poderío de su imperio.

A pesar de ser uno de los estados más pobres, Nuevo México no sabe pasar desapercibido. Se fundó en el siglo XVIII por los colonizadores españoles que, siguiendo el lecho del Río Bravo, llegaron hasta las montañas del Colorado. (Para precisar nomenclatura cabe decir que el Río Bravo, cuando de sur a norte cruza la frontera, toma por nombre el del Río Grande). La civilización occidental ocurrió aquí, como a lo largo de todo el sur tejano, por obra de esta generosa corriente de agua.

Al noroeste de El Paso se encuentra el pentágono que hacen los estados de Sonora, Chihuahua, Arizona, Nuevo México y Texas. La ciudad de Las Cruces es guardiana de ese umbral geográfico.

Partiendo de El Paso en dirección al norte, da la bienvenida un poblado cuyo curioso nombre es Truth or Consequences. (Verdad o Consecuencias). Parece título de programa de televisión y lo es. Durante mucho tiempo apareció en los mapas como Hot Springs pero en los años cincuenta, del siglo anterior, sus pobladores decidieron dejar atrás un apelativo tan común para tomar otro muy peculiar. Resulta que entonces pasaba por televisión un programa de concursos llamado Truth or Consequences y un día a su conductor, Ralph Edwards, se le ocurrió subastar el patronímico del show a favor de aquella población estadounidense cuyos habitantes se decidieran a llamar por teléfono en mayor número. Y Hot Springs ganó.

Aquí supuestamente vivió la familia de Gerónimo, el indio apache y ésta es la otra razón por la que, camino a Albuquerque, vale la pena detenerse a degustar un sándwich de chile con carne.

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La tercera razón es que sus habitantes creen hablar castellano. Una vez que escuchan expresarse a un viejo mexicano, el rostro se les ilumina y tratan de inmediato de establecer comunicación masticando la lengua de castilla. Lo hacen convencidos de que esa es también su lengua. Y tienen razón. Nuevo México cuenta, además del inglés, con el castellano como idioma oficial.

A partir de Truth or Consequences el viajero ingresa a un país orgullosamente mexicano, o tendría que decirse con mayor exactitud: un país orgullosamente nuevo mexicano. La experiencia de la lengua se confirma en Albuquerque, donde al menos el setenta por ciento de los letreros que anuncian las calles y avenidas también usan el castellano. Éste sin duda es un país especial. Tierra que obviamente no es México pero tampoco es, en estricto sentido, Estados Unidos. Aquí se produce la sensación neuronal de estar visitando un país latinoamericano del que nadie nos habló antes en la escuela.

En Nuevo México tienen una obsesión cuando intentan distinguir entre latinos (recién migrados), chicano (migrantes de segunda o tercera generación), mexicanos (habitantes de Nuevo México) e hispanos (los primeros habitantes europeos del lugar, al menos ocho generaciones atrás). Los avecindados de mayor pedigrí se autonombran hispanos. Si en Nuevo México tienen razón, quienes levantaron el Censo de 2010 en los Estados Unidos, cometieron un error. Ahí se toman los términos latino e hispano como sinónimos. Falso, dicen los nuevomexicanos. Latinos son los mexicanos o centroamericanos que han migrado en los últimos tiempos. Los hispanos provienen de otra estirpe: mastican el español y recuperan con orgullo su tradición colonial, con ciertos toques de viejo mexicano, pero no son latinos, mucho menos chicanos. La especificidad de esta comunidad política no es fácil compararla con alguna otra. Y los nuevomexicanos se encargan de reforzar una y otra vez su naturaleza.

De camino hacia Albuquerque, y luego hacia Santa Fe, se toma el Freeway número 25; una vía pavimentada con adocreto que viaja justo al lado del antiguo Camino Real de Tierra Adentro o, como aquí lo nombran, del Camino Real de Santa Fe. Ya la UNESCO reconoció este vieja ruta sobre el desierto como patrimonio de la humanidad. En su origen partía de la ciudad de México, pasando por Querétaro, Aguascalientes, Zacatecas, Durango, Chihuahua hasta llegar a Santa Fe, Nuevo México. Al seguirle la pista, a través del amplísimo Freeway 25, puede uno, todavía hoy, admirar a quienes, antes que nadie, establecieron esta ruta comercial y de viaje con el objeto de conquistar el lecho del Río Grande. Los pocos arbustos verde-gris, amenazantes por sus severas espinas, y el abundante color terroso, durante largísimas extensiones planas, hacen que el tránsito inicial para fundar Albuquerque y Santa Fe sea triplemente admirable. Conquistadores y misioneros que lograron domesticar su cansancio, su hambre, su impaciencia y, a la postre, inventaron un país distinto – y a la vez pariente – que ganó para sí el adjetivo de Nuevo y el apellido de México.

Quien no conozca este país se está perdiendo de un sentimiento entrañable que, en vida, más valdría la pena recuperar. Nuevo México es el eslabón perdido entre los Estados Unidos y México. Si se quiere entender donde termina una nación y comienza la otra, más vale tomar el Camino Real de Tierra Adentro, desde El Paso Texas, y viajar pronto hasta Santa Fe y luego recalar en Taos, joya depositada sobre la falda de una muy vieja montaña. Solo así se entenderán las claves para superar los asteroides, los extraterrestres, los dinosaurios y los experimentos nucleares. También se podrán dejar atrás las imposturas que separan lo nuevo y lo viejo con argumentos insuficientes.