Para el mundo entero, la palabra Dallas está emparentada con la palabra vaquero. No solo por su equipo principal de futbol americano, sino por la imagen que internacionalmente ha vendido esta población sobre los cintos de hebilla plateada, los sombreros que protegen de los recios rayos solares y la bonanza obtenida del ganado.

Y sin embargo el vaquero no es originario de Dallas. Los pioneros de habla inglesa que migraron desde Luisiana, Misisipi o Tennessee no usaban botas altas y puntiagudas, tampoco sombreros de ala ancha, ni riatas o chaparreras. Basta mirar una foto de Esteban Austin o Samuel Houston para saber cuán lejos estaban aquellos hombres del cowboy texano.

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El vaquero es una invención mexicana, nacida en los ranchos de la antigua Nueva España. Un mestizo o un indio que, desde muy temprana edad, aprendía a cultivar el arte de manejar caballos y cuidar reses. El lenguaje de aquellos primeros vaqueros novohispanos viajó durante el siglo XIX hacia el idioma inglés. El vocablo rancho perdió una letra para volverse ranch, la riata se transformó en lariat, el caballo salvaje o mustañero dio origen al término mustang, y las chaparreras, utilizadas para proteger las piernas de los espinosos arbustos y las nopaleras, se llamaron chaps.

El rodeo también es tradición que viene de los siglos XVIII y XIX. Fiesta celebrada de tiempo en tiempo para comprar y vender ganado que entonces, como ahora, se aprovechaba para que los vaqueros presumieran sus habilidades con la riata, las espuelas y los sombreros. No era predecible que estos juegos terminaran entregando potente identidad a la cultura estadounidense y, en particular, para el orgullo que se ostenta en Dallas.

Esta ciudad fue más amable que Houston para incorporar a quienes migrarían durante los años de la Revolución mexicana. Para argumento vale la pena comparar el tamaño de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, en Magnolia Park (Houston), contra el de la Catedral que lleva el mismo nombre en Dallas. La segunda es por lo menos quince veces más grande en tamaño y belleza arquitectónica.

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A excepción de este templo, pocas cosas quedan del barrio mexicano original del centro de Dallas. Al Little Mexico de los primeros años del siglo XX hay que rastrearlo con lupa. Sobrevive el Parque Pike, fundado en 1912, donde alguna vez hubo una alberca pública, (hoy hay un pequeño campo de beisbol), en la que estaba prohibido que nadaran niños mexicanos, cuando había güeros jugando dentro de sus aguas. También sobrevive, en la calle de Harwood, un bello mosaico de talavera del la guadalupana bajo los pies de un  modernísimo edificio y junto a una vaca; y un restaurante de comida para llevar llamado La Ventana. Nada más.

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Sin embargo, Dallas y su zona conurbana, Fort North, constituyen hoy una de las regiones más pobladas por migrantes venidos del otro lado de la frontera. El Censo de 2010, en los Estados Unidos, advierte que en la zona viven al menos 750 mil personas de origen hispano; pero la cifra escondida que la mayoría de los expertos menciona se acerca al millón y medio de almas. Si el Metroplex, como se conoce a la zona integrada por Dallas y Forth Worth, fuese considerada como una sola conglomeración urbana, probablemente aquí habitarían más mexicanos que en Houston.

Acaso por ello es que, por estos días, cuando el rechazo de la comunidad mexico-americana a la reforma migratoria comienza a crecer, los activistas escogieron Dallas para manifestar su rechazo. Aquí la comunidad es políticamente muy activa. Sobre todo las organizaciones de oriundos zacatecanos. No están dispuestos a intercambiar residencia o ciudadanía a cambio de mayor autoritarismo en la frontera. Quisieran ver emerger un extenso movimiento en los Estados Unidos a favor de los derechos humanos. Saben que de todos los retos, éste es el más difícil.

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Con todo, aquí su voz se escucha más fuerte que en otras poblaciones de los Estados Unidos. Dallas es un teatro donde el voto y la aportación económica de las y los hispanos pesan fuerte.

Es una ciudad que sabe reconocer la brevísima distancia que hay en realidad entre el vaquero y el cowboy. Y no habrá reforma migratoria que pueda apartar a uno del otro porque el rodeo sigue siendo la fiesta de ambos.

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