Las batallas de la ciudadanía mexicana

La ciudadanía es un estatus cargado de privilegios. Gracias a ella la persona tiene acceso a bienes y derechos. También obtiene reputación y dignidad dentro de la comunidad que se la reconoce. Se trata de un invento muy antiguo del ser humano para obligar a mirar en el otro a un semejante.

En sentido inverso, quien no tiene ciudadanía es un otro desnudo, indefenso, desposeído, marginado de los bienes de la comunidad. Sin ciudadanía no solo se carece de derechos, también se vive privado de los mecanismos para exigirlos.

La ciudadanía es el criterio que determina si una persona vive fuera o dentro del cierre social, dentro o fuera de las murallas medievales, del ágora griega, de las fronteras nacionales. Sin importar la época, la cultura o el vocablo para nombrarla, la ciudadanía es el artefacto que los seres humanos inventamos hace demasiados siglos para determinar, a la vez, pertenencia y extranjería.

Hannah Arendt escribió que era la llave para acceder a los derechos. Sin embargo, como tantos migrantes saben, la ciudadanía no solo abre puertas, también las cierra. Sirve para incluir pero igual hace lo contrario.

En esta hebra de ideas no resulta extraño que la ciudadanía resulte un feroz campo de batalla; a veces retórico y otras incluso bélico. Un lugar donde se disputa algo más que la identidad social. A través de ella se ha guerreado por el acceso al alimento, por la libertad para comerciar, por la salud, la educación, el tránsito, la dignidad, el trato, la riqueza, la justicia, y un larguísimo etcétera.

En la historia humana son numerosas las violencias impuestas para definir quién tiene acceso a qué, a partir de la ciudadanía. Viene a la cabeza la Guerra Civil estadounidense donde el desacuerdo entre la esclavitud y la ciudadanía de las personas afrodescendientes terminó cobrando decenas de miles de vidas.

Es moda reciente – hará cosa de 350 años –que la ciudadanía se define formalmente en las constituciones. No debe, sin embargo, cometerse el error de suponer que la ciudadanía se agota en su naturaleza legal; muchas veces la trasciende. Con todo, sirve a veces la ley para crecer su dimensión, para dibujarla como aspiración en el horizonte y para que pueda ser interpretada en un tiempo y lugar determinados. De ahí que los cambios constitucionales a propósito de la franquicia ciudadana sean igualmente objeto de aguerridas discusiones y muchas fracturas.

En México, durante los últimos veinte años, las batallas por la ciudadanía han sido intensas. Sirve mencionar, entre otros ejemplos, el derecho al voto efectivo, la prohibición explicita para discriminar, las reformas en materia de amparo, derechos humanos y acciones colectivas o la libertad de conciencia.

Al menos desde el plano legal, hoy son más ciudadan@s que hace dos décadas, los homosexuales y lesbianas, las y los niños, las personas adultas mayores, las mujeres, los consumidores, o quienes pertenecen a las minorías religiosas. Las reformas que ha experimentado nuestra Constitución han mejorado también la defensa que las personas pueden hacer de sus derechos.

Cabe sin embargo insistir con que la realidad de la ciudadanía suele trascender al texto de la ley. En efecto, que la norma formal se transforme no siempre implica, al menos en el corto plazo, un cambio de la naturaleza ciudadana.

En México, continúan las y los indígenas excluidos de la ciudadanía mexicana. Lo mismo que quienes, por razones de clase o posición económica, padecen cotidianamente desigualdad de trato desde el Estado o la sociedad. Sufren una ciudadanía despojada los jóvenes que recibieron educación sin calidad, las trabajadoras del hogar que recienten indignidad, los niños explotados como trabajadores y limosneros, los pobladores de nuestras montañas, siempre tan alejados de la obra del gobierno, las mujeres sometidas a las recias reglas de la comunidad patriarcal y tantos más.

En estos días del aniversario de la Constitución bien vale precisar dónde han concluido cada una de las batallas por la ciudadanía mexicana. Si bien es cierto que su evolución última merece reconocimiento, en México la institución ciudadana todavía desiguala más de lo que iguala. No solo fueron necesarias las reformas constitucionales, necesitaríamos una gran reforma cultural (¿mental?) para poder abrir muy amplia la puerta de entrada a la polis y también para poner parejo el piso entre las personas que coexistimos en esta comunidad.

 

 

3 comentarios en “Las batallas de la ciudadanía mexicana”

  1. Julio Rubén Mena V.

    Los buenos deseos es el principio de cualquier construcción; pero la verdad aplicada a la realidad de aterrizar en una ciudadanía de los pueblos, esta muy alejada de la evolución de la cultura social, política y económica del estatus de nuestro país. México país con una Constitución transformada hace mucho tiempo del verdadero espíritu de los constituyentes, constitución, mediatizada, violada, modificada, reformada y deformada a mas no poder, queda en el capitulo de las buenas intenciones.

    La verdad no se realiza con buenas intenciones, se ejerce con un marco de la Ley, pero aquí en este país, la “ley” es solamente para el que puede pagar por ello y para el control del poder, poder por poder; aplican la ley pero casi nunca la Justicia, ante una ciudadanía, mal-informada, des-ubicada, con poca educación, casi sin cultura, falta de empleo y de las normas mínimas para una vida digna, la brecha entre los muchos que tienen poco y los pocos que tienen mucho se amplia y la aplicación de la Constitución No se da.

    Los acuerdos legaloides de las reformas, son ejemplo de prueba real de que este aniversario de la Constitución queda para el anegdotario.

    Para que se de la reforma cultural por ende mental, tendrá que ser un cambio a fondo, una REFORMA DEL SISTEMA MÉXICANO, quizá sea utópico, no existe otra alternativa, esperar que el pueblo se ciudadanice es una panacea inalcanzable, ante los poderes fácticos, incrustados en las administraciones públicas corruptas con el lema de cuidarse las espaldas, para eso tienen la “virtud” de ser impunes.

    Legamos una Constitución en duelo total.

  2. Luz V. Chucuan J.

    Creo que solo se puede lograr la igualdad desde las mentes, eliminando los roles. Todos los seres humanos somos iguales porque tenemos un espiritu igual, proveniente de la misma fuente: Dios. El espiritu no tiene sexo. Los roles solo sirven para obligarnos a vivir y actuar nuestras vidas como si representaramos una obra de teatro. No puede ser sentido -salir del fondo del corazon- tal representacion, si mientras actuo tengo que contar cuantos pasos doy para un lado o para otro porque el titiritero me lo esta indicando. Actuamos lo que nos dan permiso y de la manera en que nos dan permiso y con los limites que nos dan permiso, de esta manera nadie puede ser genuino, nadie puede vivir en el “Ser”.

  3. Luz V. Chucuan J.

    Las que no actuamos asi, porque nuestra naturaleza no nos lo permite, siempre hemoss tenido muchos problemas, pero es algo que no podemos evitar. Dios nos hizo diferentes y solo necesitamos que nos dejen “Ser”. Hace mucho lei un libro de psicologia “Yo estoy bien, Tu estas bien”, no recuerdo el nombre del Psicologo autor, pero me parecio muy bueno porque hablaba de como todos podemos vivir en el mismo planeta, en la misma familia, en la misma casa sin mayor problema, solo respetando las diferencias. Lo que tu haces, tu lo decides y tu lo enfrentas y solucionas y lo que yo hago, yo lo decido, yo lo enfrento y yo lo soluciono. Se pueden platicar, hablar todos los temas y escuchar siempre un interlocutor al otro y no hay porque pelear; todos los pleitos surgen del desacuerdo en la imposicion de las ideas, de la fuerza o del abuso de unos sobre otros. Hay Estados, si no es que en la mayoria, en que enseñan a los varones a que hay tareas que solo corresponden a las mujeres y ellos jamas las deben hacer y podemos ver como dejan caer todo cuando se quedan solos, sin una mujer, porque no es cosa de hombres. El mundo seria mejor si los roles no existieran, caerian muchas barreras y todo esfuerzo seria hombro con hombro.

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