La república de la informalidad

El tamaño del territorio que gobierna es varias veces más grande que Chihuahua, su valor económico es superior al del DF, produce más riqueza que el turismo o las remesas, casi la mitad de la población mexicana trabaja para ella, ocho de cada 10 negocios le pertenecen y roba al erario nacional más de 40% del Impuesto sobre la Renta. Se trata de nuestra economía informal.
Ahora, cuando se ha puesto de moda que el Estado recupere regiones tomadas por la criminalidad, sería buen momento para dejar a un lado los síntomas de la enfermedad para atender sus verdaderas causas. La informalidad de la economía es un cáncer que afecta tanto económica como políticamente, condena a la derrota el desarrollo mexicano, impide la distribución de la riqueza y actúa contra las incipientes instituciones del Estado democrático.

La advertencia suena ya antigua y, sin embargo, ha sido desoída: la talla de la economía informal de una nación es inversamente proporcional a su desarrollo; es decir, cuanto mayor es la informalidad menos capacidad tiene una sociedad para mejorar las condiciones de vida de sus integrantes.

La informalidad pronuncia la precariedad del empleo, destruye derechos de propiedad, impide la reproducción del capital y desintegra los escalones que conducen hacia un mejor estadio civilizatorio. En su expresión política, despoja al Estado de los ingresos que requiere para funcionar, cobija, esconde y amplía las expresiones de la criminalidad, despoja a los ciudadanos de sus derechos más básicos y potencia tanto el clientelismo como la manipulación arbitraria de los privilegiados sobre los desposeídos.

Si la informalidad es un problema serio económico, peor lo es para la política. No hay instituciones que den estabilidad, orden y evolución societal cuando éstas deben coexistir con la ley del más fuerte.

En los últimos tres años ha crecido la economía informal mexicana. La crisis de 2008-2009 dejó sin empleo a un número importante de personas. Cuando, pasado aquel ciclón, los sacrificados trataron de reincorporarse al mercado laboral, se toparon con que la mayoría de empleos disponibles eran aún más precarios que los desempeñados previamente.

“El sexenio del empleo” terminará dejando a uno de cada dos mexicanos ocupados dentro de la economía informal y a poco más de seis, de cada 10, sin derechos sociales. Tanto o más sorprendente es que 25 centavos de cada peso circulen en México fuera de los mercados regulares. Según estimaciones creíbles, un cuarto de la masa monetaria que circula en nuestro país se halla al margen de la formalidad.

También es parte de este fenómeno el que los derechos de propiedad, notablemente los de la propiedad inmobiliaria, exhiban una incertidumbre crónica. Sin contratos de compraventa ni escrituras que amparen la posesión sobre los bienes, se hace muy difícil entrar al mercado financiero y, por tanto, la ruta para crecer el patrimonio propio se adelgaza. No sobra decir que sin financiamiento es difícil crear empleo productivo y bien remunerado.

¿Qué le ocurriría a un Estado o empresa si no pudiera obtener créditos en el mercado de dinero? Con seguridad iría a la bancarrota. Como el economista peruano Hernando de Soto advirtió en su libro Misterio del capital, tal destino es precisamente el que le ocurre a las personas cuyos activos no pueden convertirse en garantía para multiplicar su capital.

En la misma hebra de reflexiones caen las contribuciones. ¿Cómo puede ser eficiente un gobierno que no tiene recursos tributarios suficientes? Basta mirar la inmensidad del territorio ocupado por los cinturones de miseria de las grandes ciudades mexicanas para responder a esta interrogante. Desde Ciudad Juárez, pasando por Tijuana, Ecatepec, Cancún o Monterrey, se hallan colonias incontables arrojadas a la carencia más escandalosa.

Son estos territorios despojados de servicios públicos un continente fertilísimo para la criminalidad y para el clientelismo político; sótanos depredados y depredadores de la vida en comunidad.

Ahora que el 2012 se usará como lienzo para pensar el futuro de la nación, no sobraría preguntarle a los partidos y los candidatos si, además de explotar el intercambio de los favores por los votos en las zonas urbanas desposeídas, cuentan con alguna propuesta para enfrentar a la economía informal; para salvar a la república de su persistente secuestro.