11. Keep it wired!

Esteban Austin y Samuel Houston tuvieron dos personalidades muy distintas. No era sin embargo predecible que las ciudades cuyos respectivos nombres tomaron prestados de ambos héroes tejanos heredarían sus diferencias. Houston llegó a Texas procedente de Virginia con ánimo decidido para colonizar territorio mexicano a partir de la cultura anglosajona. Él, como ningún otro personaje de la época, es emblema de la estrella sola y empeñada, del emprendedor arrojado a su propia fuerza, del protestante blanco, duro y disciplinado que hace riqueza a base del esfuerzo personal. Houston también tomó para sí todos los prejuicios que un día tuvieron los ingleses sobre los españoles y que luego sus hijos estadounidenses trasladaron sin cuestionar sobre los novohispanos.

En contraste, la biografía de Austin conecta mejor con los horizontes mexicanos. Arribó en Texas después de haber estudiado derecho en la ciudad de Nuevo Orleans. Recibió de su padre Moisés, una concesión otorgada por el gobierno mexicano para colonizar un territorio muy poco poblado. Austin aprendió a hablar español, participó con opiniones en la Constitución federalista de 1824, visitó varias veces la ciudad de México para negociar la coexistencia pacífica entre los tejanos y el resto del país recientemente independizado de España.

De su lado, Houston quiso desde el primer día en que pisó tierra mexicana ganar la indpendencia de Texas para luego anexar este territorio a los Estados Unidos. Austin, en cambio, deseaba verla como un estado más de la República mexicana, glorieta de encuentro entre colonos de habla inglesa y los mestizos mexicanos que ya residían en poblaciones como San Antonio.

En el año de 1835 estas dos personalidades se enfrentaron de manera irremediable. El llamado padre de Texas, Esteban Austin, fue visto con  desconfianza por los migrantes anglosajones por su cercanía con los mexicanos. Lo desplazó en su liderazgo el aguerrido Houston, encarnación mejor labrada de lo que diez años más tarde nutriría de significado al Destino Manifiesto de los estadounidenses.

Poco más de 177 años después de aquella disputa, las ciudades de Houston y Austin sostienen una mirada distinta con respecto a la herencia mexicana sobre el estado de Texas. La primera, ciudad grande por su pulsión emprendedora, ruda y trabajadora, indolente frente a prácticamente cualquier otro argumento que no sea el progreso, implacable con los afrodescendientes y los mexicanos, es hija directa del líder anglosajón de la guerra de 1836.

En cambio Austin no se deja clasificar tan rápido y es que se trata de una ciudad dispuesta para construir riqueza a partir de las diversidades que le configuran. Para muestra está la fachada principal del Capitolio donde se asientan los poderes políticos texanos. Una construcción enorme, de granito rosado, en cuyas alturas coexisten los escudos de las distintos orígenes que hoy tejen la identidad texana, entre ellos el que encierra el águila devorando a una serpiente.

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Austin no se ruboriza por haber sido tierra mexicana; ocurre más bien lo contrario. Frente a la indolencia materialista de Houston, Austin se asume poseedora de creatividad y talento espiritual. En sus calles transcurre año con año uno de los festivales de música más importantes del mundo; sus galerías de arte se nutren de escultura y pinturas de vanguardia. Esta ciudad se quiere humana y por tanto entrega al peatón mejores condiciones para mantener a salvo su existencia. Aquí las bicicletas también tienen derechos y la alimentación vegetariana ha ido ganando reputación. En esta lógica no sorprende que el movimiento hippie haya echado hondas raíces o que Cesar Chávez, líder chicano de los años sesenta, siga siendo apreciado en la memoria de la ciudad.

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De todos los lazos que reúnen a Austin con sus raíces latinoamericanas, la primera entre ellas es la biblioteca Nettie Lee Benson de la Universidad de Texas que se halla en la capital de esta entidad. En su puerta de entrada recibe con benevolencia una cabeza olmeca. Contiene más de 970 mil libros, periódicos, panfletos y microfilms, 19 mil mapas, 93 mil fotografías y tantos otros materiales que fraguan el acervo más importante en el mundo sobre la historia y el presente latinoamericanos.

Este monumento a la memoria latina comenzó en 1921 cuando la universidad adquirió, por la cantidad de 100 mil dólares, la biblioteca del historiador mexicano Genaro García, acaso una de las más completas sobre México en ese momento. Durante las siguientes décadas aquel primer fondo fue nutrido por distintos acervos venidos del otro lado de la frontera, convirtiéndose así en el más grande e importante para estudiar historia mexicana. Contra lo que podría suponerse no hay en el mundo otra biblioteca más grande sobre asuntos mexicanos que está. Más tarde, la apuesta crecería y la biblioteca se volvió latinoamericana. Incluyó también documentos relacionados con las distintas expresiones hispanas, latinas, chicanas o mexico americanas en los Estados Unidos.

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La biblioteca Benson da prueba de que Austin no es una ciudad tolerante con las diversas identidades que la componen sino algo más: cuna promotora de las identidades que vendrán después. No es mexicana solo por lo que un día recibió en herencia sino por la decisión de proyectar hacia delante la esencia que le otorga su diversidad.

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En efecto, Austin es hija del Padre de Texas y no del militar que ganó la independencia de este estado en contra de su historia mexicana. Si los habitantes de la capital texana suelen acudir al eslogan “mantenla diferente,” keep it wired, es por que saben de dónde vienen y también intuyen el lugar a dónde van.

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2 comentarios en “11. Keep it wired!”

  1. Fausto Quintana

    Excelente crónica, ésta es la que más me ha gustado. Gracias por compartir el viaje.

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