A finales de la década anterior, Brasil fue internacionalmente aclamado como una nación emergente; como un enorme país cuyo potente despegue podía poner en jaque a las grandes potencias. Había despertado, por fin, el gigante latinoamericano.

Sin embargo, el presente traicionó la esperanza carioca: en 2014, el torneo internacional de futbol se celebró entre masivas protestas sociales que clamaban en contra de Dilma Rousseff, la actual presidenta y protegida política del ex presidente Inácio Lula da Silva.

Meses antes de los juegos olímpicos, Brasil atraviesa su peor crisis económica en un siglo: su economía decrece anualmente a una tasa de 3.8%, su déficit alcanza los dos dígitos, la deuda soberana brasileña es considerada bono basura, mientras que la inflación (10.5%) y la aprobación de la presidenta (13%) son indistinguibles uno del otro.

La crisis económica vino acompañada de un caos político y una rampante corrupción: Lula da Silva podría ir a prisión, mientras que Dilma Rousseff enfrenta un proceso de juicio político para removerla del puesto.

¿La crisis actual ha puesto fin a la promesa emergente brasileña? ¿La caída de Brasil es generalizable para el resto de los BRICS? ¿Estamos por presenciar un castigo a la corrupción ejemplar para la región?

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