“¿Qué tanto estás chingando con el abono? ¡Me voy a dar el gusto de matarte!”, aulló el entonces presidente municipal de Iguala y ordenó que lo golpearan. La luna menguante entró a la media noche y dos fosas esperaban el desenlace de aquella amenaza. Diez minutos después de escucharse la sentencia de muerte, Francisco Salgado Valladares, director de la policía, levantó del suelo a un hombre roto y lo llevó ante su jefe, el hoy fugado José Luis Abarca Velázquez.

Un testigo de los hechos asegura que el edil de Iguala disparó con una escopeta contra el rostro del ingeniero Arturo Hernández Cardona. Como en un filme desgraciado por los lugares comunes, el cuerpo de la víctima cayó dentro de la tierra que había sido herida para él.

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