Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Octavio Paz y me parece obligado citar algunas  líneas de su texto “Máscaras Mexicanas (del Laberinto de la Soledad):”

“Recuerdo que una tarde, como oyera un leve ruido en el cuarto vecino al mío, pregunté en voz alta:

‘¿Quién anda por ahí?’.

Y la voz de una criada recién llegada de su pueblo contestó:

‘No es nadie señor, soy yo’.

Por si a la metáfora le faltara una sola palabra, el poeta añade:

“No sólo nos disimulamos a nosotros mismos y nos hacemos transparentes y fantasmales; también disimulamos la existencia de nuestros semejantes. No quiero decir que los ignoremos o los hagamos menos, actos deliberados y soberbios.

Los disimulamos de manera más definitiva y radical: los ninguneamos.

El ninguneo es una operación que consiste en hacer de Alguien, Ninguno.

La nada de pronto se individualiza, se hace cuerpo y ojos, se hace Ninguno.”

Octavio Paz habría podido explicar con precisión el propósito que hoy nos convoca, en esta ceremonia:

Quienes estamos aquí vinimos a romper nuestras máscaras.

Hemos decidido exhibir “el ninguneo” para expulsarlo de manera definitiva y radical.

Para que nunca más Alguien sea Ninguno – objeto invisible ante nuestra mirada – sino sujeto digno y dignificado, por su naturaleza humana y los derechos que le aseguran una vida buena.

Trato de hacer memoria y no recuerdo, en mis 46 años de vida, que un funcionario del gabinete presidencial haya entregado antes un reconocimiento público a una trabajadora del hogar.

Probablemente nos hemos dado cita en el primer evento de esta naturaleza sucedido en nuestro país.

Aquí, en el Museo de Antropología, donde con mayor profundidad arraiga la memoria de lo mexicano, sus virtudes y pasiones, pero también sus máscaras y su hipocresía, el secretario de gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, entregará en un momento más a Marcelina Bautista el premio por la igualdad y la no discriminación 2013.

La trayectoria vital de Marcelina es común a la vez y tan extraordinaria.

Como cientos de miles de trabajadoras del hogar, comenzó a laborar en una casa cuando tenía 14 años.

Oaxaqueña, india mixteca, traída a la ciudad de México antes de contar con la edad legal para trabajar.

En un país como el nuestro, la necesidad lo justifica todo: incluido la explotación de menores.

Marcelina Bautista se dedicó 30 años al trabajo remunerado en el hogar.

Hace 12 tomó la decisión de compartir su actividad cotidiana con el activismo político a favor de los derechos de más  de 2 millones de personas que comparten con ella uno de los oficios MENOS valorados de nuestra sociedad.

Estamos aquí para honrar el liderazgo de Marcelina, siempre justo, que no justiciero, siempre digno que no vengativo, siempre honesto que no enmascarado.

Recibirá en un momento el premio por la igualdad a nombre suyo, porque se lo merece, pero, la cito: “se trata también de un reconocimiento para todas las trabajadoras del hogar en nuestro país”.

Un esfuerzo para reconocer – DICE EL DICCIONARIO: dar la razón, entregar existencia – a quienes han sido ninguneadas por demasiadas décadas de historia mexicana.

Con frecuencia los empleadores suelen desestimar la discriminación que se vive contra la trabajadora del hogar, asegurando que son personas tratadas “como si fueran de la familia.”

La palabra clave es “como”, prima cercana de “casi”, pariente de una circunstancia más bien asimétrica donde se entregan todas las desventajas de ser familia y prácticamente ninguna de no serlo.

EN un esfuerzo por retirarnos la máscara que nos oculta y a la vez nos impide ver, vale la pena revisar los datos:

  • 1 de cada 3 trabajadoras no terminó la primaria
  • 2 de cada 3 no concluyeron la secundaria
  • 2 de cada 10 no cuentan con ninguna protección de salud (un porcentaje minúsculo está afiliado al IMSS)
  • 4 de cada 10 trabajan más de 40 horas a la semana
  • 7 de cada 10 no tienen ninguna prestación formal
  • 7 de cada 10 ganan menos de 2 salarios mínimos
  • 8 de cada 10 no cuentan con una pensión para su retiro prácticamente 10 de cada 10 no cuentan con un contrato escrito.
  • Cabe recordar que  9 de cada 10 son mujeres y 7 de cada 10 tienen ascendencia indígena directa.

Objetivamente, los datos tendrían que ser suficiente para aceptar la injusticia que se comete contra este grupo:

2 millones de personas condenadas a vivir en el sótano de la pirámide social mexicana; una circunstancia avalada por nuestras leyes y tolerada por nuestra autoridad.

Otras sociedades que cargan con un pasado similar al nuestro – donde, por tradición, los derechos han sido entregados a los más vulnerables como si fueran dádiva graciosa – están transformando YA radicalmente esas instituciones y leyes que reproducen la desigualdad.

Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina, Brasil, entre otras naciones, han legislado en fechas recientes para hacer avanzar los derechos de las trabajadoras del hogar.

Esta acción se deriva de un hecho previo: son países que ratificaron el Convenio 189 de la OIT, obligándose a introducir sus principios en la legislación nacional.

En este tema México se encuentra varios pasos atrás.

No contamos con una legislación especial que proteja a este sector de la población, ni tampoco hemos armonizado la norma para obligar a que ELLAS dejen de ser ciudadanas de tercera.

En este tema le damos la razón al poeta:

Cuando se negoció el Convenio 189 de la OIT, nuestro gobierno fue uno de los más activos para su redacción.

Pero ahora que debería ratificarse POR EL SENADO, los Poderes Ejecutivo y Legislativo prefieren prolongar el retraso.

Los argumentos que se oponen son uno más indignante que el otro:

Que este convenio provocaría la creación de un sindicato más grande que el de los maestros.

Que el Estado mexicano no tiene recursos para afiliar al seguro voluntario del IMSS a 2 millones de trabajadoras del hogar.

Que nadie está presionando porque se firme.

Que las trabajadoras no votan y sin embargo sus patrones sí.

QUE ELLAS SON NADIE…

Ofende a la República escuchar el discurso de los patrones en la voz del funcionario público, del juez o del legislador.

Es hora de que el Estado mexicano sea liberado del secuestro que imponen los discursos de la clase social.

La lucha contra la desigualdad y la discriminación comienza por reconocer – como hoy lo estamos haciendo – a las poblaciones más vulnerables para asegurar el ejercicio pleno de sus derechos.

Señor secretario, Miguel Ángel Osorio Chong, este acto podría significar un PARTEAGUAS en la relación entre el Estado mexicano y las trabajadoras del hogar.

Siempre y cuando la consecuencia pronta sea la ratificación del Convenio 189.

Siendo usted originario de un estado expulsor de mujeres que ejercen el mismo oficio de Marcelina, quisiera confiar en que las trabajadoras del hogar encontrarán en el secretario de gobernación a un aliado para que el Estado mexicano ratifique este instrumento internacional.

Marcelina, gracias por aportar tanto con su liderazgo a esta causa que tendría que volverse de todas y todos los mexicanos.

Por su esfuerzo y el de tantas otras, probablemente un día nuestro NINGUNEO será enterrado.

Mientras tanto DEBEMOS estar convencidos de que la única manera de no disimularnos, ni hacernos transparentes o fantasmales, es mirar en el otro el reflejo cierto de nuestra propia dignidad.

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