Capilla de Chimayó - baja

Cinco minutos antes de llegar al santuario de Chimayó se atraviesa en el camino una antigua finca que hoy, como hace más de siete generaciones, pertenece a la familia Trujillo. Los descendientes de estos hispanos han montado un estupendo restaurante donde se sirven desayunos al estilo ranchero mexicano. Los huevos estrellados sobre tortilla de harina son la especialidad. Una mujer que rebasa los sesenta y cinco, pero que trabaja con la misma energía que sus hijas de veinte años, se acerca a la mesa para tomar la orden. Cuando habla en castellano lo hace con una lengua que suena entrañable porque utiliza un léxico muy antiguo salpimentado con palabras en  inglés: “So, ¿cómo quiere los huevos? ¿Verdes o coloraoos?”

Aquí no se dice “rojo” sino “colorao”. Por eso el río es colorado y el estado vecino, donde se ubica la ciudad de Denver, también es Colorado. Igual ocurre con la salsa de las chrismas enchiladas o con los sabrosos huevos rancheros que vende la familia Trujillo en un restaurante que cuenta con una clientela de fin de semana, fiel y feliz de regresar aquí.

Explica la señora Trujillo que sus nietas ya no hablan castellano. Ella lo aprendió en casa. Es decir que hasta muy entrado el siglo XX, los niños de Chimayó seguían escuchando esa lengua en la intimidad familiar. El dato es importante porque, desde 1848, esta región pasó a ser oficialmente gobernada por angloparlantes. Para la señora Trujillo este hecho político no tiene relevancia. Aunque en papeles solo es gringa, cuenta con las dos identidades y no le incomoda. Es evidente, sobre todo cuando explica la receta de su salsa colorada, que es tan plural en ingredientes como ella: los chiles se ponen a secar en rastrojos que cuelgan fuera de la casa. Luego se tuestan sobre el comal. Después se muelen y se añade agua y más pimientos. Al final, a la salsa se suman más especias. ¿Cuáles? (Cuando le pregunto si tiene escrita la receta en algún lugar, se marcha feliz por haber picado mi curiosidad y luego regresa como si nada hubiera quedado pendiente).

Vienen a este restaurante muchos peregrinos que luego visitan con propósito religioso el santuario de Chimayó, pero también ciclistas que hacen una larga marcha sobre ruedas desde Santa Fe, ciudad que se encuentra 70 kilómetros al sur. Este es un sitio donde se reúnen los ánimos new age, con las tradiciones very old age. Y coexisten felizmente porque cada uno, a su manera, lo que quiere es darle alimento a su respectiva necesidad.

No hay manera de quedar decepcionado cuando se visita el santuario de Chimayó. Antes de ingresar a la construcción principal vale la pena darse una vuelta por el viejo panteón del pueblo. Ahí está la tumba de Pedro Trujillo, Eloisa Jaramillo, Elena Medina, de la familia Montoya y del Señor Ortega, entre otras que hospedan a muertitos cuyo nombre en vida también fue castizo. Prácticamente todos los ahí sepultados provienen de familias que migraron a Nuevo México, procedentes de Zacatecas; y que, como la dueña del restaurante, son testimonio de la historia nuevo mexicana.

Panteón
panteon collage - baja

Si no fuera porque la conciencia ayuda a recordar la visa que hoy se exige a los viejo mexicanos para visitar este pueblo, los sentidos podrían fácilmente confundirse. No solo por los nombres que se ostentan en las lápidas y que cuentan la historia de quienes, desde Zacatecas, llegaron ocho generaciones atrás, sino también por el idioma que aquí habla la mayoría de los peregrinos, visitantes de primera generación, venidos de Denver, Kansas y Oklahoma, del norte de California y también de Portland. Los segundos, en su ruta para la fe, han sustituido el santuario de Chalma por el de Chimayó. También se escucha aquí el acento argentino y se mira uno que otro español de España.

La historia del santuario merece contarse. Comienza con el descubrimiento que hizo un señor de nombre Bernardo de Abeyta, en el año de 1810. Mientras el padre Miguel Hidalgo andaba tratando de encontrar motivos para la independencia de México, este otro hombre los encontró para convencer a los indios de la tribu Pueblo, que todavía andaban rebeldes, de que se convirtieran al catolicismo. Y para ello le ayudó una reproducción del Cristo de Esquipulas que supuestamente encontró en las faldas de un breve monte, justo donde ahora destaca la capilla de Chimayó.

Lo sorprendente del hallazgo es que la madera con que se fabricara esta estatuilla es del árbol de la ceiba, que proviene de la península de Yucatán y poco más al sur. De hecho, el señor de Esquipulas cuenta con la nacionalidad guatemalteca. La ceiba es un árbol sagrado que según la tradición maya reúne a la tierra con el cielo. Por ello tiene algo de venerable y también de religioso.

¿Cómo ocurrió que el señor Abeyta se encontró abandonado un crucifijo de más de un metro, traído desde Guatemala y fabricado con madera de ceiba? Esa es una pregunta que aquí ha encontrado una respuesta milagrosa, sobre todo porque la madera con que está hecho sigue, según aseguran los guardianes del santuario, tan viva como cuando el Cristo fue visto por primera vez en estas tierras. Así se explica que su color sea verde y no marrón.

Vienen a visitar este santuario personas que quieren curar o curarse de alguna enfermedad. Aquí se coleccionan muletas que un día no fueron ya necesarias. Y zapatos de niño en cantidades grandes, y fotografías de militares de origen hispano que partieron a la guerra.

 

Ofrendas - baja

El señor de Esquipulas les tiene a todos en mente. Le ayuda por cierto, el Santo Niño de Atocha, que también comparte estelares en este recinto.

Igual destaca una representación en cantera del peregrino que viene en números grandes, durante todos los meses del año. Bajo esta otra estatua se lee una frase, acaso tan verdadera, como todos los demás artículos de fe que gobiernan el lugar: “El peregrino puede tener muchos motivos para caminar pero siempre le mueve la búsqueda del encuentro, que no por menos misteriosa es menos apasionante.”

Pueden enviar sus historias y fotografías a viaje@ricardoraphael.com

 

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