4. Magnolia Park

Durante la mayor parte del siglo XIX los mexicanos no fueron bien vistos en Houston. Por mexicanos me refiero a aquellos que querían cruzar por primera vez la frontera y no a los otros que, después de la independencia de Texas, decidieron quedarse a vivir por este rumbo. Sin embargo, alrededor de 1900, la realidad económica cambió las cosas. El puerto de Houston, frente a la isla de Galveston, se convirtió en uno de los más importantes en los Estados Unidos. La construcción de barcos, la carga que sube y baja de las embarcaciones, la organización de las bodegas, el trafico ferroviario y tantas otras actividades volvieron a Houston un polo de desarrollo necesitado intensamente de mano de obra.

Primero por goteo y más tarde en torrente, los mexicanos volvieron a migrar hacia Houston. Las oportunidades para prosperar eran reales y grandes. Una ola hizo playa durante los años más cruentos de la Revolución. Se dice que, como en California, las tropas del villismo vinieron también aquí a terminar sus días. A partir de ese momento comenzó el repoblamiento mexicano de esta región.

No se necesita de demasiado sentido común para averiguar la coordenada del primer asentamiento. A los migrantes, el puerto les entregó trabajo y junto a sus muelles terminaron alojándose. Fue así como surgieron Magnolia Park y el Segundo Barrio (Second Ward). Una población que en mucho se distingue del resto de Houston.

Destaca ahí la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe que, por estos días, está cumpliendo 100 años de existencia. Un edificio de ladrillo rojo que alberga una nave grande, un jardín bien cuidado y una escuela católica. Se encuentra sobre la avenida Navegación que corre entre el puerto y el centro de Houston.

nuestra señora de guadalupe

Hacia el oeste y sur del templo se extienden Magnolia y el Segundo Barrio. Recorrer sus calles se parece al acto de abrir un baúl y extraer los mejores recuerdos de la infancia. Las casas de madera pintadas con colores muy chillones recuerdan otra época y probablemente también otra geografía. De golpe el viajero se siente en Tlacotalpan, Veracruz, o en Santa Rosalía, Baja California Sur. Rosa no me olvides, verde bandera patria, azul playa del caribe, naranja muy agria, colores escogidos deliberadamente para contrastar con el sinsabor de una arquitectura funcional y muy práctica pero poco llamativa.

No todo en Magnolia es algarabía. Junto a las viviendas cubiertas por techos de dos aguas, muy bien decoraditas, junto a sus porches que acumulan mecedoras y muebles desvencijados, están también las casas jodidas. Viviendas que hoy sirven para acoger a los migrantes más desesperados. Estas casas se miran feas porque la fortuna las colocó junto a otras que no lo son tanto. Coexisten, sin embargo, en cierta armonía porque los jardines de Magnolia y el Segundo Barrio presumen bosques enteros de enredadera y flores tropicales. Obra firmada por el talentoso jardinero migrante.

Para entender mejor el pasado y el presente de este asentamiento basta con recorrer de un lado a otro la calle Canal. Prácticamente cada cuadra –aquí las llaman bloques– cuenta con una barbería, una yerbería y un restaurante. En este lugar no se necesita de mucho más para vivir tranquilo. Las barberías atienden a hombres y niños varones. Van pintadas de azul, blanco y rojo, como banderita francesa. Dentro, la televisión se escucha a todo volumen con un acento variopinto, entre cubano, colombiano y mexicano. Escupen las voces que salen de esa caja solo noticias de color amarillo: asesinatos, accidentes trágicos y escándalos de los personajes del espectáculo.

Las yerberías son también lugar peculiar. La oferta de productos en “El Tigre” o “Pedrito Jaramillo,” es difícil de narrar. El producto más socorrido que ahí se despacha son las veladoras. Todo deseo humano, vil o virtuoso, cuenta aquí con un largo vaso de cristal relleno de cera y polvos mágicos. Hay una de color gris metálico que lleva clavo, azar y  otras yerbas olorosas, cuyo propósito es proteger a su dueño frente a los efectos de la ley. Así, sin ambages, en la calcomanía que le hace promoción aparecen dos policías deteniendo a un hombre de fisonomía latina y, bajo esa imagen, se halla la leyenda: “Para proteger contra la Ley”. A un lado de esta primera veladora hay otra de color rojo que se llama “La tapa bocas”. La etiqueta argumenta que, quien la encienda, conjurará murmuraciones, chismes, habladurías, rumores y todo cuanto esté afectando su reputación. La lista continúa: “Para que te bendiga la Santa Muerte,” “Para que Malverde cuide tu negocio,” “El Niño Fidencio está contigo,” “Mal de amores,” “Para amarrar.” Esta colección es fuente inagotable de inspiración para el estudioso de las pasiones humanas y sus abismales significados.

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La perla mejor cultivada en Magnolia Park es una tienda que lleva por nombre “Memo Records Shop #1.” En su fachada hay retratos grandes, pintados a mano, de José José, Lucía Méndez, Juan Gabriel, Rocío Durcal, “El Bucky”, Luis Miguel, Huracán y tantos otros mexicanos célebres. Dentro de esta tienda fundada por el promotor musical, Guillermo Villarreal, a finales de la década de los sesenta, hay verdaderas joyas sabor Tex-Mex que ya no se pueden hayar en ningún otro establecimiento. Toda la discografía de “El Flaco Jiménez”, “Little Joe”, “Mingo Saldivar” o “El Conjunto Bernal”. (Si el lector sospecha sobre las miserias que acarrea enamorarse, toda duda quedará despejada después de una buena sesión con estas polkas, danzones, cumbias, sones y rancheras).

Al pagar, el cliente de Memo Records confirmará que los productos de esta discoteca son una joya; como prueba están los precios de los discos adquiridos. Con todo, el lugar merece ser visitado. Vale la pena mirar a Memo –personaje mexicano y entrañable, de pelos chinos, casi afro– retratado en las fotos de su pared, donde nadie del mundo artístico mexicano o México-Americano que haya pasado por Houston es discriminado.

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La jornada en el antiguo barrio mexicano no puede terminar sin visitar uno de los muchos restaurantes que quedaron sembrados al azar, como viejos árboles, sobre Magnolia Park: “Doña María,” “Ninfas,” “El Tiempo,” “Tamales & More,” “Don Carlos: Mexican restaurant and cantina” o “El Encanto.” Establecimientos donde se baila y se comen fajitas gratis y los domingos se consumen mariscos.

Magnolia no es México, es México condensado; como leche que no sólo es leche porque la enlataron con mucha azúcar. Quizá por eso la cerveza venida de Monterrey sabe tan bien, y pican tan sabroso las enchiladas rojas con camarón. La mejor dieta que aquí puede emprenderse es la que más engorda al alma. La dieta condensada por el azúcar del recuerdo y la identidad aumentada.

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