20. No importa que la erre se haya extraviado

Antes de que llegaran los anglosajones ya había una extensa y compleja civilización en Nuevo México. Y sin embargo los estudiosos de la historia, tanto mexicanos como estadounidenses, han conspirado para negar esta realidad. De un lado están los historiadores anglosajones que, de manera alevosa, aseguran que este territorio era solo barbarie antes de la llegada de sus antepasados. Así es como moralmente justifican la violenta anexión de Nuevo México a los Estados Unidos.

Del otro lado se hallan los negligentes historiadores mexicanos que asumen como poco relevante todo lo ocurrido en esta otra coordenada de su país, entre la Independencia de España y las Leyes de Reforma. Por razones del inconsciente, que bien valdría la pena someter al diván, se ha borrado de un plumazo lo que pasaba con la vida cotidiana de los otros mexicanos, al norte del Río Bravo.

Celebrar la memoria es hoy tarea relevante, sobre todo porque ello ayudaría a explicar la re migración que, desde mediados del siglo pasado, ha venido sucediendo en éste y los demás estados de la Unión Americana, extraviados por México por obra del tratado de Guadalupe Hidalgo.

Entre tantas otras cosas que mirar, vale la pena colocar una lupa sobre los restos de arquitectura, comida, lengua y religión que, transcurridos más de 160 años, continúan siendo evidentemente mexicanos en Albuquerque. (Más adelante hablaré de Santa Fe).

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Cabe comenzar por el Viejo Pueblo y su plaza principal, donde en 1706, se fundó la iglesia de San Felipe Neri. Se trata de una plazoleta que sin mayor trámite podría colocarse en cualquier poblado del Viejo México: quisco al centro, portales en los cuatro costados, un jardín rectangular para hacer la ronda de la serenata y las típicas bancas de metal que dan a cada calle para que los más viejos se sienten por la tarde a conversar.

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Al pasear por este jardín no resulta complicado imaginar al vaquero vestido con su saco de ante café, adornado con botones plateados y su pantalón pegado, también decorado por grecas moriscas a lo largo de la parte exterior de las piernas. Este traje es el que usaban los nuevomexicanos cuando, en la plaza del pueblo, se hizo descender la bandera tricolor para subir, en su lugar, la de las barras y las estrellas.

En consecuencia, hoy, cuando se entra al templo de San Felipe, se escucha una extraña mezcla de inglés y español que armónicamente pronuncian algunos de sus visitantes. Go to the entrada, le dice una madre a su hija y ni la una ni la otra rinden cuentas sobre el barroquismo bilingüe que en esta zona se frecuenta a la hora de hablar.

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En cada restaurante de la placita  se sirve comida mexicana. Cuelgan de los umbrales rastrojos de chile rojo y se puede hallar sobre todas las mesas salsa verde y colorada. Predominan obviamente las recetas del norte del viejo México, en particular los burritos rellenos de proteína varia, siempre acompañados por arroz pintado con tomate y frijoles refritos.

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En Albuquerque hay una demanda intensiva por la artesanía traída desde muy al sur. No hay tienda en este barrio que pueda privarse de vender un retablo con el rostro de Frida Kahlo o una calaverita maquillada para festejar el próximo día de muertos.

A solo unos pasos de la iglesia San Felipe hay un comercio cuyo predio ostenta más de mil metros de artesanía mexicana. Se trata de la tienda Camino Real Imports.

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Sus dueños son sonorenses y han prosperado de manera notable. Ahí se pueden adquirir camas y cabeceras al estilo San Miguel de Allende, talavera traída de Puebla, piezas de latón procedentes de Santa Clara del Cobre, jarritos de barro negro transportados desde Oaxaca, plata fabricada dentro de los talleres de Taxco, guitarras de Michoacán y macetones torneados en Tonalá. Mi casa es MI casa, advierte un prudente letrero extraviado entre otros cientos. Junto a éste hay uno que dice, En esta casa la reina cocina.

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Alburquerque fue el nombre del virrey que gobernaba la Nueva España cuando el adelantado Vázquez Coronado llegó a esta ribera del Río Grande. Es en honor suyo que se bautizó a esta población. Después de que los estadounidenses tomaran control de la región, una letra se perdió para siempre. En vez de llamarse Albu-r-querque, la ciudad comenzó a mentarse como Albuquerque. (Los gringos tuvieron problemas de pronunciación).

Y sin embargo, otras muchas cosas perduraron en el tiempo. Aquí no hay manera de negarlo, y todavía más importante, no hay quien sinceramente quiera hacerlo: México y Nuevo México fueron ligados por un complejo y civilizado pasado aunque los historiadores mexicanos y gringos hayan querido, hasta hoy, ocultar o menospreciar un hecho tan evidente.