Acaso no hay otro lugar en el mundo más humillante para un mexicano que la garita de Santa Fe. Si se cruza de norte a sur, nada detiene al caminante. Pide la autoridad tres dólares o treinta pesos como impuesto y cumplido el trámite todo es libertad. Bajo los pies y el concreto se atraviesa lo que fue un día un río que, cuentan, acaso también fue bravo. Da pena mirar lo que aquí sobrevive de este afluente. En la garita de Santa Fe ese río es una broma triste. El agua buena se ha quedado geografía arriba, mientras en esta frontera las aguas ralas se arrastran apenadas.

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Si por enojo, a los estadounidenses hubiera que recibirlos con descortesía, la mejor expresión de ese deseo se halla del otro lado del río. Pocos lugares hay tan desagradables como las calles del centro de Ciudad Juárez que dan la bienvenida a los que cruzan. Vías sucias, rotas y decaídas. Al parecer, esta puerta, que históricamente ha sido tan importante, necesita ahora ser ostentosamente burda.

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En 2013, el gobierno municipal de ciudad Juárez se gastó bastantes millones de pesos para colocar una escultura inmensa en forma de una X roja – obra del artista chihuahense Sebastián – en lo que fueran los terrenos del Chamizal. Con un costo mucho menor habría sido posible darle una remozadita a las calles que coexisten, del lado mexicano, con el puente de Santa Fe. Y es que bien valdría reducir la sensación de abismal divorcio que se produce entre Juárez y el Paso, justo en las vías de acceso que, del lado mexicano, desembocan sobre la garita. Estas calles exageran con énfasis las distancias. Colocan a México al nivel de la barraca, mientras que El Paso, urbe que no logra ser estética, impresiona al viajero – solo por contraste – como obra avanzadísima de arquitectura y civilización.

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Pero la anterior no es la principal razón para sentirse humillado sobre el Río Bravo. La honra también se extravía cuando, en sentido inverso, se recorre el mentado puente. Pueden transcurrir cinco horas para desandar, de sur a norte, el camino que antes no robara más de 5 minutos, (de norte a sur). No importa que se cuente con visa o cualquier otro documento legal para ingresar a los Estados Unidos; aquí las autoridades estadounidenses poseen un enorme talento para desestimar toda documentación previa, si la persona deseosa de cruzar no sabe comportarse tan dócilmente como el beato Juan Diego lo hizo, según cuenta la leyenda, en el cerro del Tepeyac.

La desventaja del caso es que los agentes de la policía fronteriza – todos de apellidos castellanos (Salazar, Lozano, Chávez, Vázquez) – no son tan guadalupanos como se querría. Su arrogancia es modélica. De las más de siete líneas que hay para atravesar por automóvil, y también, de las ocho o nueve ventanillas que se ostentan en la zona donde son inspeccionados los papeles de los peatones, prácticamente todas están cerradas. No importa que sea un caluroso martes de verano, ni tampoco que sean las 11 de la mañana.

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Un par de funcionarios se hacen cargo de tramitar el ingreso de más de mil personas a lo largo del día. Los demás burócratas, que también cobran en la nómina de la patrulla fronteriza, hacen gala de los procederes más negligentes. Comen, conversan, bromean, se dan masaje sobre los hombros, pero no atienden. Los cruzantes son aliens, extraterrestres sin valor alguno. Y es indispensable hacer explícita esta convicción, a cada momento, por todos los medios, abusando de cualquier  pretexto disponible.

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