Desde niño me asombran los objetos infinitos. La banda sin fin sobre la que corre el ratón de laboratorio, la pista en forma de ocho por donde se deslizaban mis carritos, la plataforma metálica que utilizan los tanques de guerra o las puertas giratorias que igual dejan entrar que invitan a salir. La esencia de la eternidad capturada en un artefacto inventado por el ser humano. Ya en mi adolescencia descubrí las fugas de Bach y los dibujos de Echer; acaso por culpa de éstos últimos es que mi vida terminó tan ligada a la espiral.

Fue con esta fascinación consciente que escuché a un hombre sabio argumentar que la ciudad de San Antonio es una puerta giratoria. “Sirve para que los mexicanos entren a los Estados Unidos pero también para que los güeros salgan hacia México.” Acaso por esa razón es que en esta coordenada de Texas no podrá nunca construirse un muro fronterizo. Dónde las puertas giran no hay nadie que se atreva a atrancarlas sin sufrir un tremendo machucón.

San Antonio es una ciudad cuyo negocio principal es México. Desde finales de los años sesenta del siglo pasado, los alcaldes de esta población fronteriza optaron por hacerle cómoda la visita a los muchos mexicanos que cultivan el arte de vaciar sus bolsillos dentro de los centros comerciales dispuestos en sus alrededores. Los hoteles, los restaurantes, las tiendas de ropa, los paseos a la vera del río, todo, absolutamente todo se diseñó para que las fortunas de los más ricos mexicanos tuvieran un lugar aquí para dilapidarse. Hacia principios de los años setenta, San Antonio ya era la Disneylandia de los adultos regios y chilangos con ganas de eludir el proteccionismo de la época.

Pero la venta de San Antonio para los visitantes que viven del otro lado de la frontera era a penas el principio del negocio. La otra parte, igual o más redituable, fue traer a estadounidenses originarios de otras estrellas para que conocieran esta ciudad fronteriza, sea para vacacionar o para participar en alguna convención, de las cientos de convenciones que aquí se celebran todos los meses.

Entonces no bastaron los hoteles o los centros comerciales originalmente pensados para mexicanos. A los güeros les ofrecieron también una probada grande de lo que hay en el país vecino. A excepción de uno que otro restaurant italiano o alemán (y uno más que vende enormes costillas de res con salsa BBQ), el resto de los establecimientos que cobran por alimentar comercian a granel con comida mexicana. Alguna de ella respeta la denominación de origen; otra es obra de un desagradable revoltijo que invariablemente sabe a queso amarillo.

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Para curiosidad de estos turistas también se montaron tiendas donde se vende artesanía mexicana; abundan en el Mercado que se encuentra a unas cuantas cuadras de la alcaldía, en la Villita, a la que se puede acceder por el Riverwalk, o en los establecimientos que se hallan frente al mítico fuerte de El Alamo. Todo sea para que el verbo “recordar” se siga conjugando al pasar de los siglos: Remember, El Alamo?

Tantos objetos mexicanos juntos no se miran en la Ciudadela, en las tiendas gubernamentales de Fonart, en los talleres de Tonalá, ni en las empinadas calles de Taxco. Jade, talavera, plata, madera tallada, barro negro; alebrijes, retablos, santitos, vasos de colores, lámparas de latón, juegos de lotería, en fin, un largo etcétera que en ninguna población del otro lado de la frontera puede juntarse con tanta abundancia.

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Durante los días del verano se ven pasear, en cantidades también grandes, a grupos de adolescentes, casi todos albinos, que entusiasmados compran aquí un cojín chiapaneco y allá una Frida de colores chillones. Con las playeras que les sirven de uniforme y sus maestros que suelen portar pantalones cortos, visitan también el parque del Hemisferio donde se encuentra el Instituto Cultural de México y una instalación de la UNAM en la que se imparten clases de castellano.

Una gran idea sería traer a los 2 mil cuatrocientos y tantos presidentes municipales de México para que obtuvieran inspiración en San Antonio. Aquí hay prueba de cuánto jugo se le puede sacar a un antiguo casco español, un tequila pegador y unos tacos medianamente sabrosos. San Antonio es indolente frente a las crisis económicas porque su venta de México lo protege de cualquier sobresalto. Por eso no haría mal un poco de fertilización cruzada. Si San Miguel de Allende ha sabido colocarse en el otro extremo de la puerta giratoria, ¿porqué no también otras poblaciones mexicanas que tan necesitadas andan por aprovechar al turismo como fuente de empleos, riqueza y crecimiento?

Bien haríamos los mexicanos si un día pusiésemos a este San Antonio de cabeza y nos lleváramos para el país a una fracción de sus turistas. Y es que algunos de ellos– mientras van montados sobre réplicas del barco-mosca parisino para recorrer los canales del Riverwalk –terminan convencidos de que ya conocen México y que lograron tal aventura sin cometer el esfuerzo de sellar su pasaporte. Este error de percepción se debe, desde luego, a la abundancia de mezcal que aquí se ingiere, pero también a que las autoridades de esta ciudad texana han logrado vender a México mejor que todos los gobernantes mexicanos juntos.

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2 comentarios en “13. La puerta giratoria

  1. Texas es parte de México, robado injustamente debe ser devuelto: vamos a recuperarlo!!!

  2. Totalmente cierto, la propuesta para los presidentes municipales es buenérrima, ojalá se concretara.

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