El martes 30 de mayo de 1984 fue asesinado el periodista Manuel Buendía. El arma que lo mató quería mandar un mensaje preciso: la prensa mexicana no estaba autorizada para investigar los nexos entre la política y el narcotráfico.

Durante muchos años el periodismo de investigación eludió aproximarse al tema. Hoy continúa siendo riesgoso exhibir a los delincuentes que cubren su rostro con la máscara del Estado mexicano.

Hay reporteros excepcionales que han brincado esa prohibición y sin embargo la sentencia sigue tan vigente como hace tres décadas. Algunos han pagado costos, otros han tenido suerte. Pero la gran mayoría mira para otro lado cuando se topa con el nido que comparten criminales y funcionarios públicos.

En algo cambió México cuando la autoridad ya no arrebata la vida al periodista, como lo hizo con Buendía. Sin embargo, los mensajes mafiosos se han vuelto a poner de moda.

Como en aquel entonces, no sólo se trata de callar al mensajero, sino de obligar a que el mensaje se entienda fuerte: “Disgusta el periodismo de investigación”.

Quienes nos dedicamos a este oficio ya escuchamos. No se necesitaba de tanto teatro; los desplegados y la publicidad para humillar a Carmen Aristegui, Daniel Lizárraga, Rafael Cabrera e Irving Huerta fueron exagerados.

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