Por: Vicente Leñero

A fines del pasado octubre, el admirado y admirable Ricardo Raphael me telefoneó para sugerirme, solicitarme, que presentara su más reciente libro. Me desconcerté de pronto. Ya hace algunos años que por descaro o desacierto no suelo participar en ese género de ceremonias. ¿Será un libro político como Los socios de Elba Esther?, me pregunté. Es un libro de viajes, respondió Raphael sin más explicaciones. Prometió enviarme un ejemplar tan pronto Planeta terminara de editarlo. Titubeé indeciso y volví a titubear cuando lo hizo llegar a mi casa generosamente: no era un libro de tamaño normal como mi pereza hubiera deseado, sino un libro enorme: un tabicón de 500 y pico de páginas en letra de diez u once puntos titulado con lo que me pareció un lugar común: El otro México. Resultaba mejor el subtítulo: Un viaje hacia el país de historias extraordinarias. Y mejor también el epígrafe del extraordinario Claudio Magris: Nuestro viaje extraordinario se juega enteramente en la capacidad de resistir a pie firme ante las sirenas del desencanto… etcétera.

Apenas empecé a leerlo, la enormidad del volumen resultó equiparable a la enormidad de su contenido. Tardé poco más de una semana -muy interrumpida por mis cotidianos quehaceres- impelido por un entusiasmo que hizo más largos mis insomnios y más creciente la expectación. Como la gordas novelas de Mankell o los tabicones de Roberto Bolaño, no podía… no podía soltar esta alucinante crónica que contiene, de verdad, historias extraordinarias de la realidad gozosa y lacerante del país que habitamos.

No exagero una uña -como suelen hacerlo los presentadores complacientes de novedades literarias-; me quedo corto si celebro con epítetos exultantes este libro y la titánica aventura de su autor. Es así, de entrada, un texto apasionante, como podrán confirmarlo no solamente sus seguidores que lo conocen bien sino cualquiera que se sumerja en estas páginas escritas con una seguridad y una limpieza de prosa dignas del mejor relator.

Desde un principio, El otro México me remitió a la aventura similar emprendida, sí, por Claudio Magris cuando se lanzó a navegar por el Danubio para hacer el relato, escala por escala, de las poblaciones centroeuropeas repletas de historias de sus célebres habitantes. Para navegar su Danubio, Raphael escogió, no un río caudaloso como aquel sino un trozo bien grande del noroeste del territorio nacional. Eso convierte su aventura en un hito apasionante para los apasionados por nuestro pasado y nuestro presente y una oportunidad única para conocer y esclarecer la dramática vivida por los antepasados y la que hoy enfrentamos o sufrimos los contemporáneos.

Aquí está, en sólo cinco estados de la República (Baja California Norte, Baja Californai Sur, Sinaloa, Durango y Chihuahua): el México bronco, el México artístico, el México bravo, el México heroico, el México siempre entrañable y hermoso. No es otro México, querido Ricardo: es nuestro único México.

Desde la garita de San Ysidro en la frontera con Tijuana, el pico de la fatuidad del imperio, Ricardo Raphael echa a caminar -es un decir- por una ruta trazada a su antojo que parece un garabato. Arranca por la península de la Baja California, esa lengua que los conquistadores creían una isla, y la recorre toda, no en un viaje relámpago de turista con guía Michelin sino en una morosa marcha de auténtico explorador. Sus relatos no son de oídas, son de vivencias, lo que se dice “en vivo y en directo”, sin necesidad de cámaras fotográficas -al texto no le hacen falta fotos-, siempre con ojos abiertos y con ánimo preguntó ante quienes encuentra al paso, orientado por libros eruditos -la biografía es exhaustiva- que abundan en historias que él mismo recrea con la habilidad de un narrador de non-fiction, con la tristeza y la rabia del que palpa injusticias, o con el desenfado y el gozo del que descubre y aprecia las maravillas y los secretos desvelados de nuestro México.

Raphael cuenta historias, toneladas de historias sorprendentes por verdaderas, y uno de pronto, leyendo el libro con la deformación profesional del guionista se detiene para exclamar o subrayar: ¡aquí hay una película!, una fabulosa película, o una novela, o un reportaje mayor. Es un reportje todo el libro, en realidad, una crónica, aunque los términos no se ajustan a la magnitud del proyecto porque es el viaje continuo y tranquilo del escritor lo que le da una versatilidad y una riqueza insólita al resultado.

En Baja California, apenas en el arranque, brotan aventuras cinematográficas de personajes de los que sólo tienen noticias los historiadores sabios. Por citar un ejemplo: ese novelesco Albert Kimsey Owen que intentó recrear la utopía de la comunidad perfecta en Topolobampo: “una sociedad sin clases, una sociedad sin religiones, una sociedad fraterna, humana”, la tierra prometida. También el sinarquista y “führer mexicano” Salvador Abascal, en pleno siglo veinte, soñó con su tierra prometida cuando fundó la María Auxiliadora donde ahora existe Ciudad Constitución. Y los jesuitas misioneros, heroicos en sus labores fundacionales, a quienes se expulsó en 1767 para cercenar de tajo un creciente poder político. Y los chinos que llegaron a Mazatlán y a todas partes y sufrieron persecuciones ahora inverosímiles. Y los menonitas en Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua, con sus ropas de película y su rígida moral. Y los mormones más arriba. Y la variedad de grupos indígenas esclavizados tantas veces, discriminados en territorios originalmente suyos que pueblan el país y pueblan desde luego las quinientas páginas del recorrido.

Imposible seguirlo capítulo a capítulo en esta reseña al vuelo, como lo merece el texto de Ricardo Raphael, porque ocuparía carretadas de párrafos. Es necesario pellizcar en la memoria y en los subrayados de mi grata tarea de lector para ofrecer una idea -una simple y precaria idea- de la riqueza de este baúl de sorpresas hecho libro.

Un libro preñado siempre de nombres propios, es decir, de personajes tangibles que protagonizan historias transcritas como cuentos cerrados y valiosos en sí mismos.

Las figuras y sus leyendas son fascinantes. La de Juan Soldado de Baja California, verbigracia, quien luego de ser acusado de violador y asesino -ajusticiado por eso- es convertido por el pueblo en patrono de los migrantes. Santo patrono también, pero de los narcotraficantes: el Jesús Malverde que se venera en su capilla de Culiacán y cuya dudosa historia se enlaza con la del bandolero Heraclio Bernal Zazueta, el Rayo de Sinaloa, porque ambos son atrapados de la misma manera: en el escondite de una cueva, merced a una traición. Mítica es de manera semejante Teresa Urrea, la Santa de Cábora en Tomochic, quien obraba milagrosas curaciones a la manera del Niño Fidencio, y que luego se envuelve en rebeliones libertarias: una Juana de Arco mexicana, la llama Raphael. Mágica, más que mítica -en este orden de cosas- es la iglesia de Loreto en la misión jesuita de la Baja California, cuyo origen no es otro que el de ser la mismísima casa de Nazaret donde vio la Virgen con su hijo. De ahí, durante la Edad Media, la casa salió volando por los cielos, completó una etapa en Croacia, voló de nuevo para atravesar el mar Adriático y terminó aterrizado justo ahí en Loreto. La Virgen de Loreto es ahora patrona de los aviadores, por supuesto, y a ella debería encomendarse -quizá ya lo hizo- la tripulación desempleada de Mexicana de Aviación.

Hay en El otro México un seguimiento puntual de héroes populares tanto malhechores, como artistas, como cantantes, como héroes patrios. Cuando se describe con generosa amplitud el puerto de Mazatlán -con su paseo de Olas Altas, con su tambora y su rodeo, con el asedio militar extranjero que la quitó de ser capital del Estado, con el invento de sus taxis-pulmonías, con su alborotado carnaval- resulta imprescindible mencionar a la diva Ángela Peralta -voz de ruiseñor, figura de monstruo- que murió acabadita de llegar, en el hotel Rubio de la plazoleta Machado, de un puntillazo de la fiebre amarilla. Antes, cuando llega a Guamúchil, el tema obligado es Pedro Infante -quien ahí pasó su infancia y adolescencia y ahí se le construyó un museo-, lo que da pie a que el autor se pregunte por la esencia de lo mexicano en párrafos de un breve ensayo, cápsula cultural, donde el tal Pedro Infante y Jorge Negrete se disputan la popularidad excelsa. Cuando en Durango se toca La Coyotada, es el momento de iniciar la novela de Pancho Villa -nació allí- la cual se prolongará después en Hidalgo de Parral y en las diversas escalas del viaje por Chihuahua. Cuando se toca Santiago Papasquiaro surge por fuerza esa familia privilegiada de artistas, los Revueltas: Fermín, José, Rosaura, Silvestre. Y cuando ya el viaje de Raphael está a punto de concluir en la atormentada Ciudad Juárez, se encienden los reflectores y aparece un personaje más de esta estirpe de famosos: un chaval, un muchacho que cambió su nombre a Alberto Aguilera por el de Juan Gabriel: el cantante que -según el académico Rodrigo Laguarda transcrito por Raphael- “ha jugado un rol relevante de la identidad gay mexicana”.

El México del narco no deja de pasar lista en continuos y prolongados falsazos. Es inevitable. Su complejísimo drama que ha generado y sigue generando títulos a raudales de historiadores y periodistas, brota a chisguetazos de sangre en casi todos los tramos del recorrido. Desde el arranque en Tijuana, con el cártel de los Arellano Félix, merece la atención y la investigación del cronista. Y no es que Ricardo Raphael se haya propuesto examinar particularmente este fenómeno canceroso; son las metástasis de la enfermedad las que se descubren por todo el cuerpo gracias a las resonancias magnéticas de la investigación. Él las va consignando y midiendo con puntualidad, y la precisión con que lo hace, la sabrosura con que narra episodios, anécdotas, quehaceres de capos y sicarios, convierte el tema en un apasionante racimo de vidas reprobables si se quiere, pero sin duda fascinantes. En uno de esos momentos se reprueba la estrategia de la guerra contra el crimen organizado: “¿Para qué encarcelar al ladrón de los huevos de oro si la gallina que pone esos huevos sigue existiendo?”

Ya en Tijuana, coludido con los jefes de la ilegalidad, mostraba su rostro el tremendo político Jorge Hank Rhon -cara de niño bueno- y sus ardides cochambrosas eran delatados por el autor como quien escribe un cuento policiaco.

Hay más dosis de narcos en Baja California y muchas más cuando cruza en un ferry desde La Paz -la ciudad más mexicana de todo estado, advierte- hasta el puerto de Topolobampo para internarse en Sinaloa de Badiraguato: el corazón de la amapola. Cuando Raphael pide a un taxista que lo lleve a ese rumbo peligroso, el taxista pone ojos de interrogación ante el supuesto turista y brinca: “¿A Badiraguato?” Sí, a Badiraguato, ¿no se puede? Como claro que se puede el intrincado viaje va al encuentro de las historias de los célebres capos del hígado sinaloense: el Mayo Zambada, Caro Quintero, Guzmán Loera el Chapo, el más temido, el más buscado, el que se fugó de la cárcel de Puente Grande y ahora aparace en las lista de millonarios de la revista Forbes. Historias que se tejen con los corridos de Los Tigres del Norte, con las explicaciones eruditas de Luis Astorga o las novelísticas del tranquilo Élmer Mendoza. ¿Cómo es posible que una personalidad tan serena -se pregunta Raphael al encontrarse con Élmer- albergue a un escritor así de vertiginoso?
Seguirá presente el narco en la ruta de Durango y en la Chihuahua del cártel de Juárez, de las mujeres asesinadas, del lugar más inseguro del mundo. En esa punta de cuchillo sangrante concluye el libro. Narco al empezar y narco al terminar irremediablemente.

Falta mucho que decir sobre El otro México si en este pellizqueo de temas y personas se quiere hacer una reseña que atraiga la atención de los lectores para invitarlos a la aventura que costó a Raphael tres años de trajín. Tres años de viajar, insisto, ya lo dije, no sólo por la historia patria escamoteada en los libros escolares o en las versiones parcas del oficialismo, sino también -sobre todo- por las vivencias personalísimas de quien se atrevió a palpar, a sorber, a sentir la realidad bitácora en mano.

Falta mencionar su registro de los paisajes agrestes o pueblerinos, su censo de riquezas naturales convertidas en industria (la sal de Guerrero negro, la pesca del atún, la cerveza y el vino de Baja California, el azúcar y el oro de Durango), su memoriosa reconstrucción de lances revolucionarios ocurridos aquí o allá (el asalto al cuartel Moncada, la célebre toma de Chihuahua, la gesta de Maquío, Manuel de Jesús Clouthier, el candidato panista).

Falta consignar aquel recuerdo íntimo del propio Ricardo cuando a los 19 años trepó la sierra de Durango, por los rumbos de la Mesa de San Pedro, como improvisado evangelizador. Vivía con unas monjas carmelitas, se bañaba a jicarazos con agua fría y leía el Nuevo Testamento a una pequeña comunidad. Ahí se le extravió la fe religiosa que le habían inculcado los hermanos maristas -confiesa- y ahí empezó a gestarse la idea de escribir algún día El otro México.

Falta muchísimo que decir, que valorar, porque el libro de Ricardo Raphael es un arcón repleto de historias extraordinarias. Su Danubio mexicano tiene para nosotros el valor añadido de lo que particularmente somos y hemos sido; el develamiento de lo que tenemos tan cerca que no alcanzamos a ver ni a apreciar si no hay alguien que nos tome de la mano y nos lleve en su compañía con la magia de las palabras.

Convertido en cronista, con un celo semejante al que animaba a los grandes relatores de la historia, desde Bernal Díaz del Castillo hasta los silenciosos cronistas de la que llamamos provincia -valiosa fuente documental de su trabajo- , Ricardo Raphael se ha obligado a plantearse un reto ante sus lectores. Echarse a caminar ahora por esos otros Méxicos, por otros estados de la República que lo están esperando para completar su viaje y hacer un libro total.

Gracias por esta primera etapa, Ricardo