15. Un Paso falsamente texano

Entre Matamoros y Tijuana no es posible viajar en línea recta a través del territorio mexicano. Nunca nos preocupamos por conectar nuestra frontera y hoy, para hacerlo, hay que cruzar del lado estadounidense y tomar el Freeway número 10. Claro está, para utilizar legalmente esta vía se necesita contar con visa, residencia o nacionalidad gringa. Acaso el menosprecio de las autoridades que viven en la ciudad de México por la geografía fronteriza sirva para explicar porqué nunca se hizo el esfuerzo de conectar Atlántico y Pacífico a lo largo de nuestro paralelo 28. Si los clásicos de la ciencia política tienen en algo razón y gobernar es comunicar, hace tiempo que en la capital de nuestro país se fabricó a conciencia la ingobernabilidad de la región.

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El primer trazo del Freeway 10, conocido como el I-10, (I por interestatal) comenzó en los treinta y se continuó hasta los años cuarenta del siglo XX. Fue parte de las obras ordenadas por Franklin D. Roosevelt para contratar a los varios millones de desempleados que la Gran Depresión del 29 produjo en los Estados Unidos. A través suyo se puede viajar desde Los Ángeles hasta la península de la Florida y más allá. Sus cuatro carriles anchos ligan poblaciones que durante la mayor parte de la historia estuvieron desvertebradas. Por ejemplo, en Texas, gracias al I-10, El Paso dejó de ser pariente distante y olvidado de San Antonio, Houston, Austin y Dallas para convertirse en su primo de tercer grado.

Con todo, El Paso ostenta un pedigrí que se sostiene con dificultad. Aunque por su ubicación política dice responder a las ordenes del capitolio ausiniano, por su historia está más ligado a Nuevo México. Franklin, como se llamó al origen, era parte de la ruta que conducía personas y mercancías hacia Santa Fe y no hacia Houston. En 1836, cuando se libró la batalla de San Jacinto o Santa Anna tomó la guarnición de El Álamo, los habitantes de Franklin a penas si se enteraron.

El Paso es ciudad falsamente texana y sin embargo a sus habitantes parece sentarles bien la impostura. Actúan con la arrogancia y orgullo, no del vaquero de Dallas, del hippie de Austin o del antiguo hacendado de San Antonio; los paseños, gringos de mayor abolengo, se sienten más próximos del petrolero republicano que hizo millones en Houston. Cada quien tiene responsabilidad sobre el espejo donde prefiere mirarse; acaso la frustración de El Paso sea mucha precisamente porque no son Houston, ni tampoco serán sinceramente Texas. Aunque tengan otras aspiraciones, su naturaleza original se fraguó en la tradición cultural de lo que hoy es Nuevo México y viven en permanente conexión con Ciudad Juárez, entraña siamesa de la que jamás podrán apartarse.

Si la distancia que la historia produjo no alcanza para explicar el precario parentesco texano de El Paso, para constatar la hipótesis vale la pena recorrer las más de 8 horas que se necesitan para viajar, en automóvil, desde San Antonio hasta la frontera con Ciudad Juárez. Un territorio inmenso, en su gran mayoría deshabitado, donde difícilmente podría cultivarse algo que valga la pena, trátese de floras, faunas o sentimientos afortunados.

Quizá lo único económicamente relevante que se halla sembrado en esta región son unos inmensos molinos de viento destinados a producir energía eléctrica que, durante el verano, son más bien perezosos para moverse; y es que durante esta época del año el viento no visita estos eriazos. Terminan por tanto siendo jirafas blancas y paralizadas, en espera de que llegue una mejor temporada.

Tres horas antes de llegar a El Paso las montañas del parque nacional Big Bend comienzan a aparecer, primero como una breve ladera y luego como una inmensa muralla hacia el lado sur de la I-10. Desde finales del siglo XIX aquí se estableció el fuerte Stockton con el objeto de gestionar la seguridad de la región. Las fuerzas armadas responsables de la vigilancia cuentan con un largo historial de éxito: el territorio de su jurisdicción ha servido de manera intensiva para el ingenuo contrabando de candelilla, el lucrativo trasiego de mariguana, el millonario traslado de cocaína y el imparable cruce de ilegales mexicanos y centroamericanos. Esta es una de las zonas más dificultosas para moverse, pero también una de las más seguras si se tiene por objetivo practicar actividades ilegales.

El Big Bend conecta hacia el suroeste con el desierto de Juárez, pista preferida para los aviones inmensos que, en los años noventa, volando desde tierras colombianas, solían traer la panza llena de polvo blanco hasta esta insolada geografía. Luego, hormigas humanas utilizaban su espalda para subir la droga a la montaña y dejarla del otro lado de la línea fronteriza, no lejos del fuerte Stockton. Al final, el I -10 se encargaba de distribuir en los mercados de Texas, Nuevo México, Florida y otros más, cualquier mercancía que hubiera hecho el difícil periplo de atravesar el desierto y el Big Bend.

Hacia el oeste, rumbo a Tucson, el I-10 puede ser peligroso y en un descuido, ser mortal. Conducir a través suyo es tan temiblemente aburrido que resulta fácil caer dormido. Se trata de un camino que no se permite la más mínima rebeldía; sin curvas, sin variación en el altímetro, sin más paisaje que los molinos de viento de un lado y las lejanas montañas del otro. Quien viaja debe detenerse de tiempo en tiempo para mojar el rostro y repetirle a la conciencia que la pesadilla terminará en algún momento. Una recomendación para sobrevivir el tedio es procurar que el atardecer ocurra mientras la ruta se aproxima a El Paso. Los colores del cielo, rosas, rojos y morados, son recompensa por haber soportado tanta arena dentro de las retinas.

1 comentario en “15. Un Paso falsamente texano”

  1. Buen artículo , parte del paisaje de esta autopista también son los monumentales y siempre texanos espectaculares que anuncian alguna camioneta de 8 a 12 cilindros y que tiene capacidad de consumir la mayor cantidad posible de combustible, o el anuncio con alguna chica que vende hamburguesas .

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