Té con Aristegui

La anécdota fue publicada en un diario de Nueva York, hacia 1899: Una mujer subió al transporte público y tomó asiento junto a un hombre cuyo olor a tabaco, cebollas y cerveza le repugnó de inmediato.

Ella no pudo contenerse y lo atravesó sin anestesia con una sola frase: “Si usted fuera mi marido, le pondría una dosis de veneno en el té”.

El caballero respondió al instante: “Si yo fuera su marido, sin dudarlo lo bebería”.

Para fortuna del astuto viajante, aquella mujer era una perfecta desconocida; podría seguir de frente sin temer por los alimentos consumidos en casa.

En la historia que narro a continuación los roles de género se han invertido y los motivos del exabrupto no tienen que ver con alcohol, cigarros o cebollas.

Sin embargo, también ha ocurrido en el espacio público: un señor reclamó con gritos a una dama por haber abusado de su confianza, engañar a la sociedad y utilizar recursos de su empresa para servir intereses privados.

Él se llama Joaquín Vargas y ella Carmen Aristegui.

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