La rebelión de las élites

Por: Carlos Bravo

El problema es que nuestras élites no tienen miedo. Que están demasiado acostumbradas a la imagen que les devuelve su propio espejo, harto cómodas con los rendimientos que les reporta el statu quo. Nada las inquieta, nadie las amenaza, no sienten ninguna necesidad de transigir más que consigo mismas. De modo que lo único que tienen que decirle al país, en riguroso vernacular mexicano, es… y háganle como quieran.

Saben que, pase lo que pase, a ellas no les pasa nada. Excepto por casos aislados que no hacen sino confirmar la norma, están a salvo. Actúan como si la posición que ocupan y la riqueza que gozan fueran un hecho de la naturaleza o un mandato divino. Como si así estuviera bien y así debiera ser: que suyo sea el reino y suya la gloria. La incertidumbre, el riesgo, la vulnerabilidad que padece el grueso de sus conciudadanos no les concierne, no las toca, no forma parte del repertorio cotidiano de su experiencia de vida. Antes, beneficiarias de un régimen que derivaba su legitimidad histórica de una revolución social, al menos trataban de disimular un poco la distancia que las separaba de lo que entonces solía llamarse “el pueblo”. Procuraban tocar base aunque fuera sólo simbólicamente. Hoy, en cambio, no les preocupa afirmarse como una casta aparte, no desperdician oportunidad para distinguirse de eso que ahora llaman “la prole”, “los asalariados” o “la chairiza”. La democracia, vaya ironía, les permitió salir de su clóset aristocrático.

No asumen responsabilidad alguna de la desafección, de la desigualdad ni de la corrupción porque son fenómenos que, en más de un sentido, no les afectan. Al contrario. Son eficaces pescadoras en el río revuelto de nuestra vida pública. Nada les garantiza más impunidad que una ciudadanía desmovilizada, una población económicamente insegura y unas instituciones capturadas. Nadie podría hacer tanto para cambiar las cosas y, al mismo tiempo, hace tan poco para cambiarlas.

Son las dueñas, las que influyen, las que mandan en el país pero ni por asomo se reconocen en lo mal que marcha México. Ejercen el poder mas se desentienden de sus consecuencias. Por un lado privatizan los “aciertos”; por el otro, socializan las “culpas”. Cuando hay algo que aplaudir son las primeras en colgarse la medalla, cuando hay algo que reclamar son las últimas en dar la cara.

Leer completo en El Universal