Mirreynato

Hay dos lecturas opuestas. La primera proviene de las cifras, de los múltiples estudios que muestran al mexicano satisfecho con la vida, en niveles de felicidad muy altos. Por qué se preguntan muchos especialistas en el mundo, cómo explicarlo cuando la economía lleva mucho tiempo aletargada, incapaz de generar los empleos que los mexicanos necesitan. Por qué están satisfechos cuando la violencia invade y la inseguridad no cede. Y entonces aparecen esas explicaciones de la mitología del mexicano, pobre pero feliz, muy familiar, amiguero, alegre, fiestero y guadalupano. El mexicano en su soliloquio que exploraron Cuesta, Paz, Fuentes y muchos más. En esta versión las adversidades se nos resbalan y un sentido supremo de la vida se impone. Pero hay otra lectura.

Sentados sobre un volcán sería quizá la imagen. Se ignora con exactitud el momento de la erupción, pero ciertos ruidos sordos y movimientos telúricos ya la anuncian. Algo está podrido en la convivencia entre los mexicanos y la expresión más evidente es la infinita capacidad de agresión y destrucción de lo que nos es común, bosques, selvas, mares, muebles viales o al propio mexicano. El graffiti en las calles, en las casas de los otros mexicanos, en el Metro y los autobuses que entre todos pagamos. Destrucción de las aulas, pupitres y ventanas de las escuelas públicas. El rayón al automóvil nuevo y no necesariamente de lujo, para mostrar un enojo profundo. Destrucción en las calles, en un fenómeno de masa digno de la interpretación de Elías Canetti: en la masa expresamos lo que como individuos con frecuencia ocultamos. Ese México no está feliz, ni satisfecho. En ese México hay un odio contenido que es el magma del volcán.

 “Si la legitimidad del Estado depende en gran medida de la igualdad en la impartición de justicia, como sostuvo el filósofo John Rawls, nosotros tenemos un Estado ilegítimo”. Esos son los primeros renglones de un excelente material de Pedro Gerson (Este País, marzo, 2015). La tesis es tan sencilla como demoledora, la desconfianza hacia el sistema jurídico tiene una raíz muy profunda: la ley no se aplica con rigor a todos, sin excepciones. Ése es el cimiento igualitario del Estado de derecho. De entrada la impunidad, alrededor de 95% de los ilícitos no tiene consecuencias jurídicas. Qué sienten las víctimas, enojo, coraje, odio al país y a sus conciudadanos, pues muchos son delincuentes que no pagan por el daño cometido. Con ese sentimiento miles de nuevas víctimas cada año, cientos de miles, quizá millones de víctimas acumuladas, conviven a diario.

Las dolorosas contrahechuras de México van de los indígenas procesados sin una defensa adecuada, a la persecución a las minorías de todos los tipos, sexuales para comenzar, y otros grupos vulnerables que sin embargo tienen toda la protección formal de la ley e incluso instituciones encargadas de combatir la discriminación, (Conapred) por ejemplo. Legislamos mucho, pero modificamos poco la realidad. La decepción ciudadana se agravó porque los muchos que apostaron a la alternancia como una salida a la corrupción ancestral hoy siguen siendo espectadores de un inacabable desfile de irregularidades y corruptelas de todos los partidos. ¿Cuál es entonces la salida? Coahuila, Tabasco, Sonora, Ciudad de México, a lo largo y ancho del territorio y de todos los colores. De qué nos asombramos cuando las cifras muestran como los mexicanos creen que la corrupción ha aumentado.

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