En México la justicia suele ser un animal dócil frente a las clases altas y feroz contra quienes habitan en los pisos más bajos de la construcción social.

Nuestras cárceles están pobladas por jóvenes inocentes, cuyos pecados son la carencia de recursos económicos, un nivel educativo bajo y la ausencia de una red familiar y social que les respalde.

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