Las marchas en México despiertan sensaciones ambiguas. Aunque la Constitución protege la manifestación de las ideas, flota siempre el estigma usado con tino para descalificarlas.

Si los maestros marchan es porque son flojos y revoltosos. Si lo hacen los indígenas, entonces se trata de salvajes incivilizados y peligrosos. Si son estudiantes, seguro que detrás de ellos hay una mente perversa luchando con su ingenuidad.

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