Introducción

En 1999 Warren Buffett, uno de los tres hombres más ricos del mundo, anunció que no heredaría a sus hijos su inmensa fortuna, calculada hoy en alrededor de 62 000 millones de dólares: dejará para cada uno de sus seis descendientes directos 10 millones y el resto será donado a obras de caridad. El periodista Ted Koppel lo entrevistó entonces para la cadena ABC en su programa Nightline con el propósito de que expusiera las razones de tan drástica decisión. Bajo los focos del estudio televisivo, el multimillonario compartió con parsimonia dos argumentos que desarmaron al entrevistador.

Primero dijo que sus seis hijos eran personas maravillosas y sabrían cómo crecer una herencia que la inmensa mayoría no tiene al nacer. Koppel no bajó la guardia y demandó si sus vástagos estaban dispuestos a aceptar ese arreglo que podía parecer injusto. Buffett contestó categórico que lo había hablado con ellos y no era motivo de conflicto. Luego ofreció su segundo argumento: «No veo una sola razón por la cual alguien que se sacó la lotería deba recibir el poder para comandar los recursos de la sociedad… Sería tanto como invitar a participar como competidores para las Olimpiadas de 2000 a las hijas y los hijos de quienes ganaron las medallas en el año 1976».

Para Buffett una cosa es tener riqueza y otra muy diferente es obtener liderazgo en la sociedad por el poder que da la posesión de una fortuna grande, de ahí que a la hora de hablar sobre el tema de la herencia sea necesario distinguir entre el dinero y el poder que lo acompaña. Quien con su esfuerzo obtuvo capital merece liderazgo social, no así la persona que ganó una rifa, como es el caso de los hijos de un multimillonario.

Este controversial banquero estadounidense habló con el periodista de Nightline sobre uno de los pilares fundamentales de la democracia; ese régimen que hoy quiere ser predominante en el mundo nació por una revolución impaciente de las masas en contra de la desigualdad. En más de un sentido se edificó en oposición a la herencia aristocrática que justificaba las asimetrías.

¿Cómo nombrar a un régimen donde hay elecciones y los cargos se obtienen gracias a la representación de los votos, pero al mismo tiempo conserva la herencia como mecanismo clave para obtener el liderazgo? Una aristocracia legitimada por las urnas es tan contradictoria como un ratón que vuela o un pato con cuerpo de conejo. Peor cosa es una oligarquía hereditaria que extorsiona a la sociedad para persistir en un contexto democrático.

Desde 1997 México dejó de ser un país de un solo partido y por tanto de una sola puerta para acceder al poder, de ahí que deba afirmarse que en los comicios de julio de aquel año vio su fin el régimen que nació durante el lustro previo a la segunda guerra mundial. A ese arreglo político que dominó durante la mayor parte del siglo XX se le bautizó como el régimen de la Revolución.

¿Cómo llamar al nuevo régimen que lleva andando ya diecisiete años? Según Latinobarómetro, 6 de cada 10 mexicanos dicen que esto no es una democracia sino otra cosa. Probablemente se debe a que muchos de los privilegios de antes lograron transitar a la nueva época y se han visto robustecidos: hoy las élites son más presuntuosas que antes; la impunidad presente a lo largo de la historia mexicana es más visible, lo mismo que la corrupción. La relación entre el poder y la economía de compadres fundó las grandes fortunas del siglo pasado, pero aquel México era más pequeño; hoy ese mismo acuerdo construye fortunas en unos cuantos días. Antes el país fue discriminatorio, hoy lo sigue siendo pero el discurso demagógico tiene más voceros. Las desigualdades siguen siendo abismales pero hoy México cuenta con el hombre más rico del mundo. Antes la movilidad social era una ambición del régimen, hoy el ascensor está de plano descompuesto: los del piso de abajo no visitan nunca a los de arriba y estos no saben siquiera que existe la planta baja.

Las y los mexicanos estamos ante un régimen peculiar donde las élites económicas tienen más poder que nunca, y donde los políticos mueren de ganas de pasar a ser lo antes posible parte de ellas. Sin embargo, no es fácil en estos días encontrar un buen análisis sobre las altas esferas. Más allá de la escasa investigación que se hace desde el periodismo o la academia, las élites económicas han logrado escapar a un escrutinio riguroso.

¿Cómo es posible que siendo las principales beneficiarias de la muerte del régimen de la Revolución hayan logrado apartarse de la mirada pública? Esta pregunta se responde a sí misma: el principal beneficio que el nuevo arreglo ofreció a las élites es que no están obligadas a rendirle cuentas a nadie. Son ellas las que exigen, pero no hay instrumento para que sean exigidas. Y sin embargo, como dice Francisco Zapata, académico de El Colegio de México, «ellas bloquean de manera decisiva la participación de la mayor parte de los ciudadanos en la toma de decisiones que se llevan a cabo en nuestra sociedad».

Este libro tiene como primer propósito colocar una cámara para observar lo que ocurre dentro del penthouse: los modos que ordenan y reproducen el poder que nos gobierna. Quien lea estas páginas no encontrará una ambición científica en este trabajo, aunque me he permitido dejar sembradas algunas hipótesis que en un futuro me gustaría ver sometidas a un método de análisis más exigente. Lo que se quiere aquí es dibujar el testimonio de una época, hacer una humilde relación de imágenes y hechos, y no la obra total del politólogo o del sociólogo que lo comprenden todo.

Que me perdonen mis amigos de la academia por reclamarles con este libro la negligencia que hemos tenido dentro del claustro universitario para estudiar con mayor frialdad los poderes económicos que hoy rigen detrás de las instituciones formales. Bien dice Thomas Piketty en su libro más reciente, El capital en el siglo XXI, que no es fácil para el investigador criticar a la élite cuando esta vive en el mismo piso que uno.

Formo parte de una generación dedicada a hablar largas horas sobre la desigualdad. En México hay más textos dedicados a analizar la pobreza que la riqueza mexicanas, y sin embargo es obvio que, dado el grado de concentración económica, ambos fenómenos están conectados. Con todo, ha parecido más justo y honorable colocar la lente desde abajo hacia arriba para mirar la construcción social.

Buena parte de mi trabajo de los últimos diez años lo dediqué a explorar las estructuras de la discriminación mexicana con esa perspectiva. Hace no tanto tuve el honor de coordinar el Reporte sobre la discriminación en México 2012 que apareció publicado bajo los sellos del Conapred y el CIDE, un documento de varios tomos donde participaron más de cien personas para explorar los mecanismos injustos, asimétricos y sistemáticos que estigmatizan y restan dignidad a las personas que viven en los primeros pisos de la sociedad mexicana.

Después de haber atravesado por un esfuerzo extenuante, ese documento corrió la suerte de tantos otros: más allá de visitar el escritorio de algún funcionario público, terminó recluido en el estante de una biblioteca generosa. Debo decir que en las muchas entrevistas que hice para la elaboración de ese reporte encontré una fuente grande de argumentos cuyo destino merece mejor divulgación.

Por ello fue que durante 2013 publiqué en el periódico El Universal y en el portal de noticias Sin Embargo una serie de artículos retomando algunos de los temas del trabajo mencionado. Uno de ellos, por ejemplo, llevó por nombre «La niña mazahua y el joven de Antara», y estuvo dedicado a la movilidad defectuosa de la sociedad mexicana. Otro fue sobre la discriminación que impone la economía informal; algunos más estuvieron destinados a la circunstancia injusta en que se encuentran las trabajadoras del hogar. Según mis cuentas, suman más de quince piezas las que publiqué en ambos medios durante el mismo periodo alrededor del tema de la discriminación.

Hacia el final de la ruta y sólo por no dejar, envié al diario un texto que nombré «La dictadura de los mirreyes». Comencé aquel artículo con una obviedad: dije ahí que si México no iba bien en mucho se debía a la mediocridad de sus élites, y luego derivé hacia mis reflexiones sobre la educación que reciben los hijos de las familias mexicanas más aventajadas.

Cuál no fue mi sorpresa cuando descubrí que, después de doce años como articulista, aquella pieza mereció más lecturas que ninguna otra. Mi amigo Fernando Escalante me envió un correo coincidiendo con los argumentos y advirtiendo que uno de los problemas más graves de México es «la absoluta falta de empatía de nuestras élites… [su] frivolidad y ostentación». Al final insistió en que deberíamos prestar mayor atención al tema.

Aquella consigna provocadora y el éxito inmerecido del texto me sacudieron. Primero me rebelé frente al hecho de que otros temas igual de importantes no hubieran obtenido una atención similar. Con los días fui comprendiendo sin embargo que, para analizar a cabalidad el fenómeno de la desigualdad, en un país como el mío resulta indispensable montar una grúa y elevar el ojo del observador para analizar ese edificio social asimétrico también desde los pisos más altos.

El mismo artículo me entregó una pista interesante para proseguir: los mirreyes, una tribu urbana que desde mediados de la década pasada comenzó a ser síntoma vergonzoso de la ostentación mexicana dentro y fuera del territorio nacional. A diferencia de otras épocas, el investigador de hoy cuenta con un repertorio de imágenes, textos, videos y otras expresiones digitales que han vuelto más transparente lo que ocurre en la esfera privilegiada. Ese material es suculento para el aprendiz de semiólogo; se trata de una mina con signos urgidos de ser descifrados.