Una vez que lograron cruzar, la vida comienza a pagar el esfuerzo que implicó haberlo intentado. Mudarse a los Estados Unidos reintegra con creces el sacrificio. No hay patrón idéntico para cada migrante que llega a habitar en Dallas pero pueden rastrarse algunas semejanzas. Por ejemplo, los recién llegados se instalan próximos al centro. Se hacinan siete u ocho y hasta diez hombres en cuartos pequeños, mientras encuentran trabajo y pueden pagarse una cama bajo un techo más solitario.

Antes de entrar a los Estados Unidos suelen ya contar con una oferta de empleo. Y es que un pariente o un conocido les buscó, cuando todavía estaban en Zacatecas, Michoacán o Guanajuato, para asegurarles que había chamba.

Una clave para la sobrevivencia es no equivocarse a la hora de elegir pollero. Los que tienen varios años de experiencia en cruzar paisanos difícilmente cometen errores. Conocen las mejores rutas para asegurar el cruce y tienen bien aceitada su relación con las autoridades fronterizas gringas para que nadie moleste a sus clientes. Un cruce seguro ronda por estos días entre los dos mil y los dos mil quinientos dólares.

El problema para algunos migrantes radica en elegir al mal pollero. Los hay falsos, estafadores o inexpertos. Son éstos quienes abandonan en el desierto o entregan a la patrulla fronteriza. Por desgracia, en la sección de clasificados de los periódicos mexicanos no se hace publicidad sobre los mejores transportistas de migrantes indocumentados. Si así fuera, quienes solicitan este servicio contarían con mejor información para viajar a Dallas.

Ya con algunos dólares en la bolsa, lo que sigue es conseguir pareja. Hay quien se cruzó con la novia o con la esposa pero no es el caso de la mayoría. Algunos logran juntar para que el mismo pollero que les trajo haga ahora tarea parecida con el resto de la familia. Otros tienen suerte y consiguen que el amor florezca en tierra cowboy, con una mujer que no pocas veces vino del mismo pueblo y la misma infancia que el recién llegado.

Pasan tres o cuatro años antes de que la fortuna comience a derramar algunas de sus bondades; tres o cuatro años para poder sostener una conversación en lengua inglesa, para arreglar los primeros papeles, para abrir una cuenta de banco y para hacerse sujeto de crédito. Cuando esto último finalmente ocurre, quienes llegaron como migrantes vuelven a mudarse, pero esta vez lejos del centro de Dallas.

Se van a vivir donde es posible comprar una casa barata y a plazos. Por eso una gran mayoría de mexicanos migrantes, cuando llega la hora de procrear, se muda a Fort Worth, Irving, Arlington, Town East Mall y varios otros barrios del Metroplex (zona conurbana de la ciudad de Dallas).

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No es difícil conocer la residencia de estos mexicanos de primera generación que hoy son muchos en la región. Basta con localizar en el mapa las tiendas Fiesta o La Michoacana para dar de inmediato con su paradero. Estos establecimientos son una señal sin controversia de que se está visitando un barrio mexicano. Comercios que viven de reconstruir México en tierra extranjera. No hay alimento que pueda comprarse en un supermercado al sur de la frontera que no esté sobre los anaqueles de una de estas tiendas. Aquí el estomago no extraña nada de lo abandonado por obra de la migrada.

En los días hábiles, muchos de estos mexicanos de primera generación acuden a su Consulado. Antes de las 8 de la mañana ya hay entre 150 y doscientas almas haciendo una larga fila para realizar trámites ante la autoridad del país que dejaron atrás: sacar un pasaporte, obtener una matrícula consular, regresar un muerto a su pueblo, en fin. No alcanza ni el personal ni el espacio físico de la gran mayoría de los consulados de México en Texas para atender la inmensa pila de asuntos que ahí se reclaman todos los días.

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Para fortuna de quienes visitan esas oficinas, sus hijos ya no necesitarán de los burocráticos servicios consulares. La historia de la segunda generación será otra. En los barrios de Fort Worth o Arlington acudirán a una escuela que les enseñará a hablar inglés sin acento. La cultura que ahí obtendrán les hará pertenecer al país que sus padres eligieron para ellos. Serán estos mexicanos, quienes ya de adultos, continuarán comiendo mexicano, hablando una que otra frase en castellano y quizá visiten alguna vez a sus abuelos en el país del origen familiar. Sin embargo, la distancia con México se irá agrandando conforme la vida transcurre en el Metroplex.

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One thought on “9. La vida en el Metroplex

  1. Que interesante crónica. Yo hice trabajo de campo en Chicago el año pasado y me impresionó particularmente el tema de la nostalgia culinaria y objetual. Yo puse una ofrenda de muertos y conseguí pan de muerto, veladoras, zempazuchiles etc. Mientras allá lo que un antropólogo japonés llama “la economía política de la nostalgia” hace que en las tiendas se consigan las cosas mexicanas más inverosímiles -desde hojas para tamales hasta chamoys- aquí por lo menos en los barrios clasemedieros los supers son cada vez más cosmopolitas. También es interesante como en las cadenas grandes tipo Gigant la comida mexicana pasa a ser ethnic food. Felicidades!!!!

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