Hay crónicas del coronavirus que no se van a olvidar. Todos los días hay cientos de anécdotas nuevas que relatar y algunas se van haciendo repetitivas.

Con esta singular crisis, por ejemplo, a las personas nos está dando por el striptease emocional.

Debo confesar que primero noté el fenómeno en casa, cuando algunos integrantes de mi familia comenzaron a sufrir la mutación.

No es que hayan cambiado de personalidad, solo se volvieron —¿cómo decirlo?— una versión potenciada, acaso exagerada, de sí mismos.

El obsesivo con el orden nos puso a todos a ordenar el armario; quien tomaba medicamentos para la depresión, ahora los receta al límite de la imposición; el que antes escuchaba poco, ahora no lo hace nada; quien tenía tendencia a hacerse la víctima, por estos días habla de sí mismo como si fuera el único ser amenazado del planeta.

Para leer columna completa click: aquí