No es cierto que la naturaleza y nosotros seamos entes separados. La biología del planeta se reparte y despliega entre sus habitantes y por eso sufrimos sus consecuencias. Cuando la tierra tiembla no solo nos agitamos físicamente porque también ocurre un terremoto en nuestra conciencia.

Por obra de una relación simbiótica, la energía telúrica provoca transformaciones radicales sobre nuestra manera de percibirnos en el mundo.

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