Vicente Fox ganó la Presidencia con pocas ideas sobre cómo abordar los arreglos que el Estado mexicano sostuvo durante más de cincuenta años con las organizaciones mexicanas dedicadas al negocio del narcotráfico.

Podía mantener intocados los acuerdos con los principales capos o también divorciar a las instituciones formales del poder criminal. Al principio optó por una vía peor: ignoró el problema.

Esa negligencia no tardó en reclamar. Entre julio y diciembre del año 2000 las distintas facciones criminales aprovecharon para pelear fronteras y mercados.

Sin árbitro, el juego se puso salvaje; el grupo de Sinaloa, por ejemplo, decidió incursionar en territorios gobernados por el Cártel del Golfo y el segundo respondió con idéntica moneda.

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