¿General (a) de cinco estrellas?

Rosario Ibarra de Piedra, Cecilia Soto, Marcela Lombardo y Patricia Mercado ondearon antes la bandera femenina en una elección presidencial, sin embargo todas lo hicieron desde un partido desprovisto de condiciones para lograr su triunfo. La candidatura de Josefina Vázquez Mota se diferencia de sus antecesoras porque la respalda el PAN, una de las tres grandes fuerzas en el país.

Por primera vez en la historia electoral mexicana se hace creíble que una mujer pueda llegar a ocupar la jefatura del Estado mexicano. Aún si saliera derrotada en las urnas, el papel que jugará Vázquez Mota no será testimonial. Ahí está la novedad.
La pregunta que por lo bajo hacen algunos sobre si México está listo para ser gobernado por una mujer trae flojas las cuerdas. Con suerte esta contienda terminará por resolverle las taras a uno que otro despistado.
Para hacer explícita la incredulidad más común vale formularse el siguiente cuestionamiento: ¿Imagina a Josefina Vázquez Mota portando sobre su cabeza una gorra militar adornada con cinco estrellas? O aún más interesante: ¿si fuera general de división, cómo se comportaría ante las órdenes de un jefe de las Fuerzas Armadas que fuera mujer?
Tengo para mí que en México no todos los hombres responderíamos a estas interrogantes de manera similar. Los he oído rechazar la opción de Vázquez Mota, unos por machismo, otros por misoginia y a la gran mayoría por falta de imaginación. Lo más curioso es que este talante no es exclusivo de los varones, entre las mujeres también suele correr el mal síntoma de la discriminación.
Lo sucedido en la contienda interna del PAN colocará sin duda una página nueva en la historia de la cultura política mexicana: por lo pronto forzará a los más retrógrados para que visualicen en su pequeña cabecita a una generala de cinco estrellas; es decir, a una mujer que por la investidura portada, y no por su sexo, podría lograr que un Ejército mayoritariamente masculino le obedezca.
No sobra decir que, en una sociedad donde mujeres y hombres obtienen igual respeto por parte de las Fuerzas Armadas, sólo puede esperarse que lo mismo suceda en todos los demás ámbitos de lo público y lo privado.
Con todo, en ninguna democracia ha sido sencillo que las mujeres ganen votos suficientes como para hacerse del asiento más elevado en el Estado; de hecho se trata de una moda relativamente reciente dentro de la tradición democrática. En América Latina uno de los casos emblemáticos fue el de Michelle Bachelet, mujer que llegó a la presidencia de su país, entre otras razones, porque previamente hubiera sido ministra de defensa.
En cambio, durante el proceso electoral estadounidense ocurrido hace cuatro años, uno de los argumentos que los adversarios de Hilary Clinton utilizaron infundadamente contra la precandidata demócrata fue precisamente el de su insolvencia para conducir al Ejército más poderoso del mundo. Al mismo tiempo que esto sucedía, a través de las pantallas de televisión se transmitió una serie —Commander in Chief— donde tal dilema obtuvo un rol importante.
Del otro lado del Atlántico, en 2007 la batalla entre Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal estuvo marcada por similar impertinencia.
Durante aquella campaña francesa, los conservadores se encargaron de mostrar cuánta debilidad, real o supuesta, pudieron descubrir en la figura de la señora Royal: ¿tendría la candidata socialista el carácter para hacerse obedecer por una de las cinco naciones con mayor capacidad nuclear del planeta?
Hoy sería ridículo en países como Alemania o Inglaterra sostener un debate parecido; lo mismo en la India, en Israel, en Argentina o en Nicaragua. Donde las mujeres ya gobernaron al más alto nivel resulta ocioso preguntarse si ellas cuentan con la estructura genética para imponerse sobre los varones. Acaso más relevante es que, donde ellas ya han gobernado, las instituciones terminaron probándose superiores al viejo y sobrevalorado vaivén de la testosterona; y por tanto el valor de la igualdad entre los sexos obtuvo una victoria irreversible.
Cabe aclarar que no es necesario ver como ganadora a Josefina Vázquez Mota en las próximas elecciones de julio para que esta mutación cultural pueda llegar a buen puerto en nuestro país; el sólo hecho de mirarla candidata oficial del PAN obra ya para que tal evento haya comenzado a producirse.