FCH: hombre de misiones graves

El tiempo de los balances llega y la gestión de Felipe Calderón Hinojosa no podrá eludirlo. Comienza ahora su entrada a los libros de historia mexicana, una que por usos y costumbres se mide siempre en sexenios. La distancia que comenzará a abrirse entre el fin de su mandato y las décadas por venir irá fraguando un juicio que hoy todavía es difícil de predecir.

No hay objetividad que en el presente alcance para examinar en su verdadera dimensión, tanto los aciertos como los yerros. Si bien sus detractores del presente vociferan y los leales no toleran la más mínima crítica, a la hora actual ni unos ni otros pueden ser tomados con seriedad.

El presidente que se despide posee sentido de la historia. Se trata de una de sus grades obsesiones. Más de una determinación la ha tomado pensando en su legado para la posteridad. Así lo ha afirmado incontables veces en sus discursos; basta con otear los argumentos, sobre todo a propósito de la política de seguridad, para comprobarlo.

Una y otra vez ha asumido la suya, como una actuación destinada a comprenderse con el paso del tiempo. No es Felipe Calderón un intelectual pero sí posee una tendencia pronunciada a leer y releer la historia. Aunque siempre bajo la lente panista, es un hombre que cree enteder lo fundamental del siglo XX mexicano y también las claves, tanto liberales como conservadores, de la centuria previa.

Durante su mandato no perdió evento ni ocasión para reinterpretar el pasado a la luz de los episodios que le tocó protagonizar. Más de un vez optó por el tono belicista, en particular cuando debió justificar su guerra contra el crimen organizado. Lo hizo en las ceremonias para festejar el aniversario de la batalla de Puebla, la Revolución, la Independencia o la caída de los Niños Héroes. También aprovechó los festejos de la Constitución o el natalicio de Juárez para expresar su particular noción de legalidad. Algunas veces concitó aplausos y otras rechiflas pero no hubo momento desperdiciado por su voz para asegurarse, él mismo, un lugar en la gran narrativa nacional.

En los últimos meses Felipe Calderón dedicó prácticamente todas las horas que le quedaban inaugurando obras, presentando decretos y proyectos de ley de gran calado. Como emblema de este febril adiós propuso que el país abandonara su nombre largo para que, a partir de ahora, sea llamado llanamente “México.” A más de uno tomó por sorpresa esta decisión celebrada en el filo de su reloj gubernamental y sin embargo ésta calza bien con su biografía.

Probablemente Felipe Calderón sea un hombre obsesionado con la historia porque se trata de un político convencido de que había ya trazada para él una misión ineluctable. Detrás de cada explicación que ofrecía al público hubo siempre un sustrato de trascendencia, acaso religioso, de donde provenía la verdadera relevancia de sus elecciones.

Por ello vivió su mandato, a veces con enojo y otras con frustración. Le fue difícil comprender la critica de sus adversarios, no tanto por ingratos o mezquinos, sino por la ceguera que les impedía arribar a la misma luz que, en su caso, le había orientado. Fue por este motivo que, durante los últimos seis años, los mexicanos presenciamos una relación tan apasionada como la que sostuvieron el presidente que se va y Andrés Manuel López Obrador. No deja de llamar la atención la paradoja que en el tiempo hizo coincidir a dos personajes tan parecidos, al menos en su visión misional de la política. El choque feroz y frontal era la única salida para dos espíritus similares.

Felipe Calderón se va dejando enojado a un tercio de sus gobernados. En cambio, según las encuestas recientes, al menos dos tercios lo despiden con satisfacción.

Ni unos ni otros podrán negarle a Calderón que gobernó a partir de sus convicciones más profundas; sería injusto escatimarle la fe que tuvo en sí mismo y en su capacidad para transformar al país.

Por ello es que no será tratado como un presidente superficial o frívolo. Su preocupación por la historia lo llevó a tomarse muy en serio y en consecuencia esquivó algunos errores. Quizá por esta misma razón asumió decisiones muy arriesgadas: una de ellas dejó víctimas y daños irreparables.

Habrá de esperar el juicio de la siguiente generación para ponderar qué de todo merecerá ser valorado con mayor gravedad.

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Comentarios (3)

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  1. Señor Raphael, es usted un maestro, no creo que exista una lente mas clara, precisa e imparcial que la suya. Es una verdadera delicia como desmenuza los hechos sin escatimarle a nadie su merito, ni otorgarle mas del que merece.

    Muchas gracias por estas letras que nos dedica sin ningún animo de lucro, gracias en serio.

  2. ERES MUY GENEROSO, O QUIZÁS CUIDADOSO, CON UN TIPO QUE SIEMPRE FUE GRIS, Y QUE EN ESOS TONOS GRISES Y DE PLANO A VECES OSCUROS, DECIDIÓ GOBERNAR DESDE EL ÁNIMO DE SU IMPOTENCIA. GRIS FUE Y GRIS GOBERNÓ, SIN LA VISIÓN DE ESTADO; MÁS BIEN, SE DEDICÓ A DISFRUTAR DE LOS PRIVILEGIOS DEL CARGO Y A JUSTIFICARSE TODO EL TIEMPO Y ALARDEANDO DE LO QUE CARECE. AL FIN Y AL CABO HIZO LO QUE QUIZO DESDE SU PERSONAL OPINIÓN ABRIGADO POR EL MANTO DEL PODER. NO IMPORTA QUE NO SEAS NADIE, QUE NO TENGAS EL PERFIL Y LA ALTURA, PARA ESO ES EL PODER. Y LO UTILIZÓ.

  3. En esta ocasión, el artículo y con él tu opinión Ricardo, se ha centrado en el personaje has obviado sus disfraces y hasta su irrespetuosidad a propios y extraños. Ante tu diplomacia y, tu ser en esta ocasión tan políticamente correcto, me lamento por tu juicio. 
    Pues no hace falta que la próxima generación juzgue lo que ya juzgo la historia, y todos los que la vivimos directamente sin pertenecer a una elite. Juzgado está, como que se necesita ser un verdadero desalmado para no conmoverse y solidarizarse con las y los que hoy son nuevos pobres, con los que hoy siguen buscando a sus seres queridos, y más sentido aun con los que jamás los encontrarán. Se necesita ser un procaz para medir la vida en términos políticos. Danos luz de cómo no lamentarnos por las vidas perdidas, por lo que de humanidad perdimos en este país; este país que polarizó Calderón con su guerra; por supuesto que con ello ganó a los intereses de algunos y adeptos entre un sector, pero eso jamás podrá ser juzgado como bueno. [La industria armamentista tiene sus buenas cosas, quizás dirás, genera riqueza claro.] La próxima generación lo juzgará, disculpa, pero es la vida la que ya lo ha juzgado. Me extraña de tu persona y de tu rigor académico, también que no emitas tu juicio ahora y que busques que al paso del tiempo lo que ya es tan claro hoy.Saludos Ricardo, respetuosos como siempre.

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