España, como prácticamente ningún otro país occidental, reformó su sistema de partidos de forma radical tras la profunda crisis económica de los últimos años. El histórico bipartidismo entre el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español ha mutado, abrazando una nueva vertiente de centro-derecha, Ciudadanos del catalán Albert Rivera, y un vástago a la izquierda de tablero político: Podemos de Pablo Iglesias.

Mariano Rajoy se distancia de sus contendientes pues su candidatura que parte desde La Moncloa, tanto para bien como para mal, está curtida en la política española de los años posteriores a la transición. Es un político de viejo cuño que tiene enfrente a tres candidatos de una nueva generación y que, en las escasas ocasiones que se digna a debatir con ellos, los encara con dos cartas de presentación: por un lado, se escuda en una pálida bujía económica que, aunque a una enorme distancia de la bonanza socialista previa a 2008, comienza lentamente a retomar el paso. Por el otro, aduce capacidad única frente al enorme reto histórico de mantener a España unificada frente al nacionalismo catalán encabezado por Artur Más. Las encuestas le dan una magra victoria desde un mayoría simple que, sin alianza con algún otro partido, sería insuficiente para formar gobierno.

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