El verdadero mensaje de Alfonso Romo

Tanto en la literatura como en la política, hay personajes cuya misión es vincular mundos diferentes. Su misión es graciosa, o bien desgraciada, dependiendo de la habilidad que tengan para hacer que dos visiones, originalmente distantes, logren comunicarse. La tarea va más alla de ser meros traductores: han de acomodar piezas contrapuestas de la realidad. Para ello, dentro de cada mundo, deben remover las barreras que impiden la comprensión recíproca.

En México, le toca a Alfonso Romo jugar ese peculiar papel. El presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) lo nombró el jefe de la Oficina de la Presidencia para que, desde ahí, gestionara la relación de su gobierno con el sector privado.

A la hora de elegirlo, el presidente habrá considerado que es un empresario poco común, aunque conoce bien la lengua de los empresarios. También, que no es un activista político, aunque desde hace años decidió comprometerse con un líder dedicado a la agitación política.

Su desempeño se ha topado muchas veces con pared porque no hay conciliador capaz de borrar el punto de partida de la relación compleja que AMLO sostiene con los empresarios: el movimiento que encabeza el presidente nació tan desconfiado del capital, como el capital ha desconfiado siempre de ese movimiento social.

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