Lástima que siendo en Nuevo México tan tolerantes con lo mexicano, la economía de Albuquerque no ponga a disposición de los migrantes empleo en grandes números. Esta ciudad es la prueba de que comportarse de manera cordial o su contrario no es variable para determinar la cantidad de mexicanos que vienen a vivir a este país. Nuevo México puede ser una comunidad política muy pro hispana y sin embargo los puestos de trabajo disponibles para quienes no cuentan con papeles son pocos y, en consecuencia, el volumen de la migración que viene a residir aquí no es significativo.

Lo anterior no quiere decir que no haya indocumentados; solo significa que el número  es menor en comparación con otras geografías.

Por ejemplo, en Arizona, donde el aprecio por los que cruzan de manera ilegal es mínimo, hay mucho más mexicanos de primera generación. El migrante prefiere vivir en el Condado de Maricopa, donde se asienta la ciudad de Phoenix, que hacerlo en esta región nuevomexicana. La razón es simple, allá hay trabajo, en esta otra coordenada la demanda por la mano de obra migrante es poco relevante.

Albuquerque la ha pasado mal con la crisis económica. Se trata de una urbe que vive de la Universidad estatal, de la empresa Intel y de los granjeros que producen chile en los alrededores. A su vez, ofrece empleo a los mexicanos que quieren trabajar en la construcción, en algunas fábricas de comida preparada, sobre todo de tortillas, y también en las granjas donde se cultiva la materia prima para cocinar salsas.

San José es una de las colonias que, según los datos oficiales del gobierno estadounidense, cuentan en Albuquerque con mayor número de  pobladores de origen mexicano. A mediados del siglo pasado era un barrio donde solo vivían afrodescendientes pero, hacia los años ochenta, los mexicanos que vinieron en busca de trabajo, encontraron en este barrio habitación barata y con el paso de los años su presencia desplazó a los primeros habitantes.

Si uno se pasea hoy por San José ahí no se mira a nadie que no tenga rasgos de paisano. La vida de esta céntrica colonia está presidida por la iglesia que lleva el mismo nombre. En sus paredes exteriores hay un extenso mural donde un Cristo resucitado abraza a todos sus hijos, que son muchos y que aparentemente son también muy diversos.

Pero no a todos les va igual en Albuquerque. La vida de las mujeres migrantes parece ser mucho más difícil que la de sus parejas. Prueba de ello es la ola de violencia familiar que comenzó a golpear en los hogares de los mexicanos y que ha sido registrada desde hace tres lustros por los medios de comunicación. Alrededor de este tema hay historias más graves que otras, pero la terquedad del fenómeno es innegable. Los casos que han causado mayor escándalo en Albuquerque han sido de muerte o de mujeres que ingresaron a un hospital padeciendo múltiples fracturas. Predomina sin embargo una fuerte violencia sicológica que, también en el extremo, ha sido la responsable de frecuentes suicidios.

¿Cuál es la causa de este fenómeno, pregunto a Claudia Medina, cabeza de una organización dedicada a luchar, en Nuevo México, en contra de la violencia hacia las mujeres migrantes? Su respuesta tiene varias explicaciones pero la más impactante es la que señala a los varones de las familias como el discriminado que cuando llega a casa se convierte en un temible discriminador.

“Los mexicanos, sobre todo aquellos contratados dentro del negocio de la construcción, aceptan los trabajos que nadie más quiere. Por ejemplo, impermeabilizan con chapopote las casas de techo plano que son características del estilo Santa Fe. ¡Te imaginas la dificultad para hacer este trabajo al rayo del sol, cuando esta ciudad alcanza los 42 grados centígrados de temperatura? Luego regresan a casa, frustrados y enojados. Decepcionados por una vida que habían imaginado distinta. Ahí se encuentran con su pareja y con ella desquitan toda la furia.” El problema se vuelve más serio cuando ellas no están en condiciones de defenderse. Su situación irregular predomina. En el caso de los maridos, cabe la posibilidad de que cuenten con algún tipo de permiso para trabajar, obtenido por sus patrones; pero las esposas no tienen absolutamente nada. Tampoco hablan inglés, no conocen sus derechos y no guardan dinero que sea propio. En esas condiciones, ella queda arbitrariamente sometida al poder que ejerce su autoritaria pareja. Si el marido decide ejercer violencia contra ella, lo tiene todo a la mano: amenaza con llevarlas ante la migra, niega dinero, aparta a los hijos, corta los lazos con el exterior.

Barrio - baja

Cabe aclarar que, a diferencia de otras regiones, los lazos familiares que ligan a la comunidad mexicana de Albuquerque corren por vía masculina y no femenina. Es decir que aquí es raro el caso de mujeres cuyos padres o hermanos hayan también migrado a esta región. Esta circunstancia vuelve muy vulnerable su circunstancia porque, de plano, no hay quien las defienda.

Existe en los Estados Unidos una ley que protege, otorgando residencia, a las mujeres migrantes que prueban ser víctimas de la violencia dentro de la familia. Sin embargo, para beneficiarse es necesario que las madres denuncien como sujeto ilegal al padre de sus hijos. Y es ahí donde todo se complica. Ellas no quieren ver crecer a sus hijos con un padre ausente, que por responsabilidad de la madre haya regresado a vivir a México. En la mayoría de las ocasiones prefieren enfrentar los golpes, maltratos y otros actos discriminatorios que acudir a la autoridad para que les proteja de la violencia propinada por sus maridos. También es cierto que la tolerancia termina ahí donde el padre de familia pasa de golpear a la mujer para violentar a sus hijos. Si tal frontera es cruzada, entonces sí, la mujer tomará la decisión de convertirse en el único sustento familiar.

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