14. El Álamo

Es un santuario. Todo en ese edificio ha sido cuidadosamente pensado para visitarle con respeto y veneración. Si se quiere ingresar se hace una fila larga. Mientras se espera, las instrucciones son varias: guardar silencio, no tomar fotografías, evitar que los niños corran, no ingresar con bebidas y alimentos y controlar el volumen de la voz. Durante los quince o veinte minutos que separan a la calle de la puerta principal, el alma cuenta con con tiempo para serenarse. Los cientos de jovencitos que desde los lugares más disímbolos de los Estados Unidos han llegado hasta San Antonio saben que ésta es una visita obligada. Hacer turismo en San Antonio y no conocer El Álamo sería tan grave como ir a Nueva York y no subir al último piso del Empire State.

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Desde sus primeros años de escuela les hablaron sobre El Álamo: emblema de la bravura y el sacrificio con que se construye la patria. En esta pequeña construcción de piedra se cocinó el ADN de una cultura que hoy tiene aprecio por las expresiones armadas. Leyenda que atraviesa el tiempo para demostrar que una derrota en la batalla no implica perder la guerra. El principal mensaje de este santuario es ese: no habría habido triunfo en San Jacinto si antes no hubiera tenido que pagarse el costo de perder El Álamo. Al parecer, la derrota que el ejército de Antonio López de Santa Anna propinó a las fuerzas rebeldes comandadas por Samuel Houston, en esta coordenada, encendió los futuros ánimos de Ares.

Por lo menos así se cuenta desde 1836. Cuando el comandante W.B. Travis se supo atrapado dentro de aquella guarnición militar, en compañía de 100 personas (entre los que se contaban algunas mujeres y niños), redactó una serie de cartas que luego lograron trascender su muerte ya que servirían para inflamar los ánimos antimexicanos entre los colonos de Texas que todavía no estaban convencidos de sumarse a la lucha por la secesión de este territorio coahuilense. Acaso la frase de Travis que mejor se conoce es aquella que dice: “No habré de rendirme o cantar retirada. Llamo en nombre de la Libertad y del patriotismo y de todo aquello amado por el espíritu Americano, que pueda venir en nuestra ayuda”. Diez días después de haber redactado aquella misiva que no recibió respuesta, el comandante anglosajón moriría dentro de esta guarnición junto con el resto de sus rebeldes partidarios.

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Historiadores serios y otros no tanto han investigado sobre la veracidad de la gesta de Travis. Recientemente, por ejemplo, Paco Ignacio Taibo II escribió un libro: El Álamo, una historia no apta para Hollywood, donde se denuncia la fabricación de hechos que hicieron los texanos con el propósito explícito de encender el sentimiento guerrero entre los colonos que no traían suficientes ganas de quitarle este pedazo de tierra a los mexicanos.
Cierta o falsa, el hecho es que la batalla de El Álamo ha perdurado como fundamento patriotero de una identidad nacional marcada por su frecuente belicismo. A fin de cuentas, poco importaría que la narración de Travis fuese mentirosa ya que en el presente cumple con propósitos muy útil: si Travis no se amilanó ante su muerte inminente, y supo sacrificar a los suyos cuando el fuego enemigo cayó sobre sus pechos y espaldas, ¿cómo dudar ahora de la gracia obtenida por obra de la valentía cuando circunstancias menos graves le acontecen al ciudadano común? Esa es la lección que los turistas adolescentes reciben cuando visitan El Álamo.

La misma enseñanza por cierto la obtienen en este lugar los cientos de mexicanos que, en días de vacación, igual vienen a este santuario. No deja de llamar la atención que güeros y morenos por igual se mezclen en la cola de ingreso al edificio de la antigua guarnición. Y es que no pasa desapercibida la paradoja; así como las 13 colonias originales construyeron su primera identidad en oposición a Inglaterra, los Texanos hicieron lo propio a costa del desencuentro con México y sus habitantes. El llamado de Travis, preñado de patrioterismo, tenía un destinatario obvio, los anglosajones, y otro por oposición: los mexicanos. Hoy todos se mezclan aquí y disfrutan inopinadamente el paseo como si asistieran a una misma ceremonia.
Lo que queda de aquel edificio son dos enormes cuartos de piedra cuyos techos se separan del suelo por más de 8 metros. No pude tomar una fotografía de ellos porque, al parecer, la lente de mi cámara podía lastimar su serenísima vejez.