El autobús no faltó a su promesa; llegó a la estación de Matamoros a las seis de la mañana. Los pasajeros pasamos mala noche. Dos veces nos despertaron en el camino para averiguar si éramos delincuentes. La primera fue a las 2 de la mañana. Un destacamento militar nos devolvió la conciencia, pidió que bajáramos del autobús y, a esa hora, nos obligó a abrir nuestro equipaje con el objeto de demostrar que nada prohibido iba guardado entre las ropas y los zapatos. Todavía entre sueños, como autómatas reaccionamos asumiendo que en esta época son obvios los retenes, los cateos y los malos tratos. Todo sea por un bien superior que un día, no lejano, traerá la paz a Tamaulipas. La segunda parada fue responsabilidad de la Policía Federal. Mientras las luces interiores del autobús lastimaron 40 pares de irritados ojos, una voz ronca preguntó si ya antes habíamos sido inspeccionados por el Ejército. Más por el deseo de seguir durmiendo que por otro impulso, los desmañanados asentimos. Con todo, sin azar pidieron a los más jóvenes que bajaran del vehículo. Pocos minutos después, el conductor del autobús retomó, supongo que con ellos abordo, su camino hacia Matamoros.

Ni los hombres de verde y ni los de negro estaban para saber que, en mi caso, el viaje comenzó en la ciudad de México. Dieciséis horas me tomó la jornada, desde la estación de Cien Metros hasta el último extremo este de nuestra frontera con los Estados Unidos. (Luego se sumarían al hilo seis horas más entre Brownsville y Houston). Ahora lo sé a ciencia cierta: lo que a un avión le consume dos horas, a un autobús de pasajeros le lleva 22. Y sin embargo, el trayecto valió la pena. Por la ventana de mi lugar asignado vi pasar una formidable huasteca hidalguense; estiré las piernas en Tuxpan, ciudad que se acuesta junto al río y que por ese solo hecho conmueve. Ya caída la noche, el puerto de Tampico me pareció enorme, y la estación que recibe a sus autobuses, bastante digna. Junto a lo anterior importó poco que, al final de trayecto por territorio mexicano, entre mis pesadillas me pusiera a saludar a las madrecitas de los sacrificados soldados y policías mexicanos.

“Houston” fue la primera palabra que escuché al llegar a la estación de Matamoros. Y es que desde esa ciudad puede el pasajero comprar el boleto que lo llevará, si sus papeles están en regla, hacia prácticamente cualquier ciudad estadounidense donde vivan los mexicanos. “¿Quiere boleto para Houston?” Para abollar la hospitalidad de Matamoros, la inmensa mayoría de los pasajeros optamos, de una vez, por retomar el camino hacia el norte del continente. Un cómodo autobús, verde y de dos pisos, parte a penas veinte minutos después de las seis de la mañana y, antes de las siete, cruza la frontera. Brownsville es un puesto fronterizo donde la tortura para ingresar a los Estados Unidos es poca. No es la primera vez que mi pasaporte recibe un sello en esta puerta de entrada a Texas y cada vez me pregunto por qué qué humillarse en la garita de Santa Fe (El Paso), cuando aquí se cobra con menos agresión el hecho de ser mexicano.

La estación de autobuses de Brownsville resulta elegantísima en comparación con la de Matamoros; cinco estrellas contra una. Los pasajeros son prácticamente los mismos, las líneas de autobuses igualan en número, los precios por asiento no varían demasiado y, sin embargo, mientras la última estación mexicana es fea, sucia y mal maquillada, la segunda presume de una arquitectura limpia, de asientos cómodos y, sobre todo, de buen aire acondicionado. En Brownsville no se habla inglés. Tampoco en el trayecto que lleva después hasta Houston. Se trata de un río humano que no se detiene y que conduce en castellano hasta prácticamente todas las ciudades medias de Texas. No viajan montados sobre la ruta 77 los México-Americanos de la segunda o la tercera generación. Ninguno tiene acento al hablar la lengua de sus padres. La gran mayoría son migrantes legales que llegaron a vivir a los Estados Unidos hace no más de diez o quince años.

El autobús se detiene a medio camino entre Brownsville y Houston. El conductor advierte que todos debemos descender del vehículo. “¡Es orden de la compañía, everybody abajo por favor!” Al menos en esta ocasión hay luz de día y no son unos hombres armados los que nos dan ordenes. Al parecer “la compañía” y el restaurante, “Taquería Guadalajara,” ubicado a la vera de la carretera interestatal, tienen algún arreglo. No dudaría que entre los dueños fueran parientes. Los pasajeros contamos con media hora para alimentarnos mientras el autobús descansa el hule de sus llantas. Se trata de una fonda cuyo decorado no podría superarse por el mejor escenógrafo de las películas que grabó Pedro Infante. Comedor calculadamente desvencijado, ruidoso sin exasperar, barato pero abundante. Sus olores me recuerdan la cocina de la abuela. Sobre las paredes cuelgan imágenes bucólicas del México que dejó atrás Porfirio Díaz, justo antes de subirse al Ipiranga. Cuadros que imitan los motivos de José María Velasco. Lo mejor de la Taquería Guadalajara: el burrito de barbacoa. Insuperable. También el dulce de calabaza y el café de olla.

Aunque resulta parte de la normalidad, algo tiene de extraño que, después de haber recorrido 20 horas sentado sobre un mullido sillón azul y, sobre todo, después de haber desperdiciado dos horas exhibiendo papeles y pasaporte para lograr entrar a Los Estados Unidos, acabe uno teniendo la sensación de no haber dejado México. Los paisajes del Popocatépetl y la Mujer Dormida, los guisados y el arroz, las alegrías y las cocadas, la barbacoa y el agua de jamaica no permiten aquí que migrantes y viajeros perciban su supuesta extranjería.

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4 comentarios en “2. La supuesta extranjería

  1. Buen viaje, maestro, extrañaré su comentario de los martes en enfoque noticias y su siempre atinado análisis en la tertulia política de los jueves del mismo noticiero. Saludos.

  2. Hice ese recorrido México-Matamoros/Brownsville muchas veces cuando era estudiante, ahora esa ruta tiene muy mala fama y creo que no lo haría de nuevo. Gracias por compartirlo y traer tan buenos recuerdos.

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