No tengo confianza en la consulta convocada por el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, sobre el futuro aeropuerto internacional de la CDMX. Quizá la tendría si estuviera a favor de la opción de Santa Lucía, pero no es mi caso.

Defiendo sin adjetivos los ejercicios de democracia directa, siempre y cuando respeten los principios de certeza e imparcialidad. Mis dudas nacen justo porque esta consulta adolece de ambas virtudes: es incierta y es parcial.

Para leer columna completa: Clic aquí

Previous post Sindicatos y el nuevo gobierno
Next post Mayo del 68 en Francia