El sábado poco antes de la media noche recibí una llamada alarmada de alguien en quien confío. Me dijo que un conocido suyo, aquí lo nombraré Jaime B, estaba desesperado porque la vida de su hermano pendía de un hilo, culpa del coronavirus y de un trato negligente de parte de los médicos y de la clínica donde estaba hospitalizado. “Ayudemos a presionar para que lo atiendan,” me pidió.

Decidí en ese momento acudir al hospital Ángeles de la Roma para informarme. Jaime B ofreció a mi interlocutor el número de piso y del cuarto donde se encontraba la persona presuntamente infectada.

Al llegar me llevé dos sorpresas: la primera fue que Pablo B, hermano de Jaime, no había sido internado en terapia intensiva y la segunda que no había nadie de su familia dentro de la habitación y tampoco en la sala de visitas.

Me acerqué entonces al enfermero de guardia quien, pensando acaso que yo era amigo o conocido del sujeto hospitalizado, me comunicó que la familia de Pablo B se había retirado horas antes y también que las primeras pruebas practicadas para el Covid-19 habían resultado negativas.

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