Conforme los años me van cayendo encima crece mi desconfianza hacia aquellos que se presumen iluminados por la razón y, por el contrario, aprecio más a quienes, en algún momento de su vida, optaron por vivir el riesgo de lo razonable.

No sobra advertir aquí cuánta es la diferencia entre ser racional y ser razonable. Lo primero tiene que ver con el cálculo, mientras que lo segundo está emparentado con la sabiduría.

Quien se asume racional cree que por obra de su matemática individual puede eludir los propios yerros, en cambio quien se prefiere razonable sabe que los errores son inevitables.

Si se mira con cuidado, hay poca diferencia entre la persona religiosa y la racional. Ambas viven conforme a su muy particular y respectiva fe. En el primer caso la razón divina lo ilumina todo, en el segundo la razón humana hace lo mismo.

Sumo por toneladas a quienes se han enfrentado, cada uno con su respectiva causa, y sin embargo los dos se parecen mucho. Ambos son descendientes de la batalla que durante generaciones ha opuesto al dogma y el silogismo.

Muy lejos de estos dos espíritus arrogantes se dejan consumir por la duda las mujeres y también los hombres razonables. Se hallan dispuestos a jugarse sus más queridas convicciones, sus más profundas certidumbres, sus más adoradas opiniones, observando y volviendo a observar la realidad, experimentando con el mundo que les rodea.

Las y los razonables tienen la piel muy dura, porque de otra manera no podrían soportar el revés que la refutación suele propinar. No cabe en ellos una rendija, una grieta, una falla por donde se cuele el autoritarismo, porque si apretaran el ego y trataran de imponer su voluntad dejarían de ser razonables.

Estos personajes están forzados irremediablemente a la tolerancia; no pueden condenar a sus pares por el origen, la raza, la religión, el sexo, las creencias y otras expresiones relacionadas con la identidad de las personas: saben que la razón es un fenómeno efímero y que la fe (en la realidad) muy pocas veces mueve montañas. Entonces prefieren tener paciencia y respetar a los demás.

No le creen al filósofo que un día dijo: pienso, luego existo. En cambio respetan la paráfrasis cartesiana que reformuló: dudo, luego soy. La razonabilidad es una actitud para habitar universos imperfectos. Sirve para hacerse modesto a la hora de ensayar soluciones. Vacuna por tanto contra la impaciencia y la influencia de las almas desesperadas que todavía creen en la existencia de respuestas mágicas.

La razonabilidad ayuda a no sentirse fácilmente frustrado y blinda igualmente contra los síntomas de la exasperación; acaso por ello es antítesis del fanatismo, el extremismo y todos los demás ismos bastardos de un ánimo infantil nunca curado. A diferencia de las almas racionales, el espíritu razonable cuestiona la inteligencia que sólo se produce dentro de las fronteras del escritorio. Instintivamente necesita alimentarse de la experiencia inmediata, del hecho duro que tanto contrasta con la elucubración y la palabrería. Puesto a escoger, el razonable prefiere al biólogo o al antropólogo que confirma o niega la realidad, que al intelectual enamorado de sí mismo y de las ideas con las que seduce a los incautos.

Cuando se trata de asuntos políticos, la diferencia entre los creyentes y las personas razonables crece grandemente. Mientras el fanático de la razón es el mejor de los candidatos para ejercer de déspota ilustrado, el religioso perfecto sólo entiende de teocracias. Ambos son la víctima segura del autoritarismo: arquitectos y a la vez habitantes de la ciudad ideal que nunca se materializará; cazadores de sombras inalcanzables.

En cambio, el ser humano razonable sólo puede sobrevivir en democracia. Porque es el territorio privilegiado para los yerros, para el ensayo y el error, para gobernar experimentando, para intentar que el progreso civilizatorio se produzca, razonabilidad y democracia son palabras simultáneas.

Cuando tantos mexicanos se dicen decepcionados por la democracia cabe preguntarse si tal emoción es imputable a este tipo de práctica política o a que aquí abundan de un lado los fanáticos religiosos y del otro los enamorados ciegos de la razón.

Comentarios: @ricardomraphael

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2 comentarios en “Carta para los desencantados

  1. Profesor, en relación con la sesión del día de hoy usted expuso sobre la importancia de la información como uno de los elementos que resultan indispensables en la construcción de una democracia de calidad (en términos del texto de Diamond). Entiendo que la perfección de la información fortalecerá la transparencia de nuestra administración y facilitará el ejercicio de rendición de cuentas que se debe a la ciudadanía. Sin embargo, tengo dudas sobre la eficacia de esa afirmación por lo siguiente:

    1. Con independencia de la propuesta que pretende reformar el ámbito de atribuciones del IFAI, así como de la homologación de las cuentas municipales y estatales, las cuales buscan robustecer el derecho de acceso a la información, considero que no debe perderse de vista que tanto en el caso del IFAI como de la ASF, son organizaciones que también se encuentran expuestas al fenómeno burocrático, lo cual comprende su inevitable disfuncionalidad. ¿Cómo podría garantizarse el “pleno” ejercicio del acceso a la información si los responsables de operar y proteger la “administración” del derecho son propensos también a la desviación de objetivos y rigidez institucional?

    2.

  2. 2.
    Si bien pudiera explicarse que la adopción de una democracia de calidad
    responda también a cambios incrementales en sus instituciones, mi percepción es
    que normalmente esos cambios se traducen en una expedición excesiva de reglas
    que no precisamente hacen efectivo el ejercicio de derechos. Por ejemplo, de
    otorgarse autonomía al IFAI, ello no garantiza certidumbre sobre los
    procedimientos para clasificar información, ni mucho menos abate el problema
    reciente de declaraciones de inexistencia de información al cual acuden las
    dependencias. La certidumbre legal no garantiza el cumplimiento de los
    objetivos que persigue una democracia de calidad. ¿Cuándo se está de frente a
    una verdadera democracia de calidad y no una simulación de democracia?

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