El martes perdió el último apoyo que le quedaba. Ya no tiene de dónde agarrarse. Tiroteado por todos los costados es incapaz de defenderse. Ángel Aguirre Rivero está a punto de terminar sus días como gobernador en forma parecida a como ocurrió con su antiguo jefe, Rubén Figueroa Alcocer.

La vida política se parece a un sistema solar. La órbita de los planetas hace que las sombras regresen de vez en vez. Ayer fue Aguas Blancas y hoy Ayotzinapa. La primera tragedia encumbró a Aguirre y la segunda lo ha derrotado.

Las horas de este mandatario están contadas. No es querido por el presidente ni por el PRI, porque cambió de camiseta en los comicios pasados y eso en buen lenguaje tricolor significa traición. No lo aprecia tampoco Manuel Añorve, cuyo poder en el estado es capaz de movilizar masas. Desconfía de él su antiguo mentor, el poderoso transportista Rubén Figueroa, porque cree que su ex subordinado ayudó a su caída.

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