Académico considera necesario derrocar al “mirreynato”

Publicado originalmente en El Pulso de San Luis

“El Mirrey” es un personaje ostentoso en un país de desiguales, por ello es necesario derrocar al “mirreynato” y evitar pasar de una nación de pobres, a otra de pobres y viejos en el futuro, asegura Ricardo Raphael, académico del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

En su nuevo libro Mirreynato. La otra desigualdad (Ed. Planeta), el también analista y colaborador de EL UNIVERSAL describe un nuevo fenómeno social: el de los hijos de políticos y empresarios cuyas tres mil familias en promedio tienen ingresos de 84 mil pesos diarios, contra los 21 pesos que perciben diariamente más de tres millones y medio de familias más pobres.

El 21 de abril de 2014, Raphael publicó en EL UNIVERSAL su artículo “La dictadura de los Mirreyes”. Como nunca en más de 10 años como articulista del diario recibió comentarios. Había descubierto un fenómeno, a partir de los datos del reporte de discriminación 2012, que coordinó con más de 100 expertos. Ya en 2000 había trabajado en ese ejercicio.

En su primera aproximación al fenómeno, relata en entrevista, notó que generalmente los estudios científicos y el periodismo se centran en los pobres; decidió subirse a la grúa y echar un vistazo al penthouse del edificio.

El resultado fue de escándalo. En el libro, que se presenta mañana en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, relata lo mismo a las famosas ladys o los gentleman que han inundado las redes sociales con sus escándalos, el hijo del político que muere en un piso caro en el extranjero por tener sexo en el borde del precipicio… los dramas de los cónsules que sufren cada que les habla el político o el rico para que ayuden a sacar de la cárcel a sus retoños que gastan más que jeques árabes en sus fiestas en Europa.

“El régimen tiene tres problemas: el primer problema se llama desigualdad; el segundo problema se llama desigualdad, y el tercer problema se llama desigualdad”, advierte.

¿Quién es el Mirrey?

—El Mirrey es un personaje obsesionado con la ostentación. ¿Por qué te muestras? Para generar impunidad: si yo tengo una bolsa Fendi no te metas conmigo, si gasto mucho dinero… es una forma de protegerme.

¿Qué hace un Mirrey?

—Los Mirreyes cometen delitos pensando que su papá los va a sacar y realmente los saca. Ahí está El Niño Verde (el senador del Partido Verde Ecologista de México, Jorge Emilio González) y todas las barbaridades que ha tenido, Elba Esther Gordillo. El dinero y el poder ostentado protegen en México de no ser sometido como un igual ante la ley. Ostentación, impunidad, es el problema más serio en el país. Porque mucho del dinero que se ostenta viene de la corrupción.

El elevador no sirve

¿Cuál es el problema del gobierno?, se pregunta.

—Que es un gobierno que trabaja para los Mirreyes, se responde.

Ricardo Raphael ve el país como un edificio de 10 pisos. En los dos de la parte alta viven los más ricos y en los dos de abajo los más pobres. Hay un problema: no hay escalera para pasar del segundo al tercero y del octavo al noveno. El elevador no sirve.

“Los últimos elementos del Mirreynato o régimen moral es que esa discriminación se debe a que elevador social está descompuesto. No es cierto que si estudias mucho o trabajas mucho te va a dar una buena chamba. Los que nacieron en los dos últimos pisos de la planta baja tienen entre 55% y 60% de probabilidades de que sus hijos permanezcan en los pisos 1 y 2. Los que nacieron en el último piso tienen 50% de posibilidades de permanecer en los últimos dos pisos. Hay dos escaleras cerradas en el edificio: los del piso 2 al 3 y los que van del piso 8 al 9 está cerrado”, describe.

¿Quién sí mira al penthouse?

—Las revistas de sociales, los suplementos de sociedad de los diarios. Creo que merece observarse ese segundo piso, observar la desigualdad en el conjunto del edificio y hacerlo como quien hace un retrato: cómo consumen, viajan, compran, sus relaciones, cómo obtienen trabajo, cómo se educan. Y se puso de moda este personaje, sobre todo a partir de la película Nosotros los nobles; el Mirrey, que es una evolución alterada, exacerbada del junior y del fresa del siglo 20. Antes compraban coches, en fin, pero la verdad sí había cierto recato, a lo mejor porque no había redes sociales. Se les veía en alguna revista, sabíamos que existían pero lo que tenemos ahora son personas con una enorme necesidad de mostrar su ostentación: las casas y las fotos adentro de las casas. En 1998 la gente no permitía que les tomaran fotografías dentro de sus casas.

¿Quién procreó a lo que ahora conocemos como los Mirreyes?

—Me di cuenta que había algo más interesante: son producto de un régimen, beneficiarios de una época. Es donde doy el salto: hay una forma de ser de las instituciones, de la economía, la política y voy a utilizarlos como Virgilio para que me expliquen el conjunto del penthouse y luego de la desigualdad.

Como el cáncer, el cuerpo muestra los estragos, y el cuerpo del país refleja eso con los Mirreyes, ¿Cuál sería la operación quirúrgica para combatirlos?

—La enfermedad ahí está, la explosión de violencia desde (el ex presidente) Felipe Calderón hasta ahora deja muy claro, y creo que vamos a llegar al punto en que debemos construir un nuevo acuerdo social en el país. Probablemente estamos cerca…. pero no puedes tener a un gran corrupto haciendo una política de iguales.

-La nueva élite que goza en México; su séquito, sus joyas, su presencia…

«Mi hija mayor me pidió un bolso Louis Vuitton, que vale catorce mil pesos, y no tengo cómo pagarlo», le confiesa Carlota a una amiga. Quedó a cargo de sus hijas cuando descubrió que su marido, un tarambana, llevó durante varios años una doble vida. Su personalidad descosida lo condujo a procrear descendencia con dos mujeres distintas al mismo tiempo; por eso Carlota lo corrió de la casa y al hacerlo tuvo que improvisarse como jefa de familia. A partir de ese momento sus dos hijas la tuvieron sólo a ella para responder por su alimentación, la escuela y un tren de vida elevado que antes del desgraciado descubrimiento financiaba el bígamo proveedor. Carlota tuvo que salir a trabajar por primera vez, se improvisó en varios oficios hasta que logró estabilizar un ingreso mensual de veinte mil pesos. ¿Cómo pagar un bolso Louis Vuitton, cuyo valor representaba dos tercios de lo que ganaba al mes?

Pero la niña insistió. Consciente de que el valor de los objetos va más allá de lo evidente. Sin haber tomado lecciones de semiótica intuyó que los artículos de lujo tienen más de un significado. Si quería continuar perteneciendo al mismo círculo social en el que sus padres la inscribieron durante la infancia, ese bolso le ayudaría a aparentar ante sus amigas que nada había cambiado.

Una o dos generaciones atrás, para la hija de Carlota la separación de sus padres habría implicado una tragedia; por fortuna, la sociedad mexicana ha evolucionado y ser hija de personas divorciadas ya no impone un estigma grave.

Pero entre la clase alta aquel prejuicio evolucionó para dar nacimiento a otro igual de injusto: si el divorcio trae aparejada una pérdida en el ingreso, y por tanto un cambio en el nivel de gasto, la comunidad a la que pertenecen los afectados comienza a rechazarlos o, en el mejor de los casos, a tratarlos con condescendencia.

Aquel bolso podía por tanto significar una muralla para protegerse frente al eventual maltrato de sus amigas. Una fachada falsa si se quiere, como los decorados utilizados para filmar películas del oeste, con el objeto de simular «normalidad».

La tarjeta de crédito de Carlota terminó resolviendo el problema gracias a un plan de pagos a doce mensualidades sin intereses: así fue como ese accesorio de catorce mil pesos pasó a formar parte del activo familiar. Justo por esas fechas la chica fue invitada a una fiesta en la residencia de Los Pinos, donde vive el Presidente de la República y su familia; la hija de la primera dama organizó una celebración donde ese afortunado artículo de lujo fue estrenado como pasaporte para cruzar fronteras.

Es cosa común que, para cuidar el prestigio, los aventajados de una sociedad necesiten ratificar con su consumo la pertenencia al grupo. El gasto ostentoso sirve para este propósito: su utilidad es confirmar el lugar que se ocupa en la parte más elevada de la pirámide. Le entrega énfasis a la vida propia ante quienes son considerados como iguales o superiores en la escalera social, pero sobre todo frente a los que se hallan colocados escalones más abajo.

La ley del despilfarro ostentoso, como en 1899 la llamó el economista escandinavo Thorstein Veblen, sirve para explicar por qué ciertos personajes enloquecen en su carrera por pertenecer a las altas esferas. Vale aquí decir que en la búsqueda angustiosa por ser considerados, son incapaces de ponerle un alto a su consumo, tanto más si el dinero que poseen no representa un problema en esa agotadora competencia.

El despilfarro ostentoso predomina entre aquellos que suben a prisa la escalera y también entre quienes la descienden de manera precipitada. A esos dos grupos podría añadirse un tercero, el de quienes tienen fobia de ser confundidos con el resto de la sociedad en la que nacieron, y un cuarto: el de los imitadores de los grupos anteriores. El despilfarro ostentoso de los mirreyes mexicanos suele responder a una de estas cuatro causas.

Cuando irrumpen en el espacio público, su presencia no sabe pasar desapercibida. Son síntomas de su ostentación los automóviles grandes afuera del restaurante, los choferes y guardias de seguridad, las cantidades extraordinarias de alcohol, los cuerpos esculturales de las mujeres, las charlas gritonas con que se comunican y el desprecio con que tratan al resto de los mortales.

En el lenguaje de los mirreyes el desafío es ser cool y no zombi, adecuado y no extraño, libre y no esclavo, estar in y no out. Si los zombis son todos idénticos, las personas cool no deben serlo, aunque paradójicamente en su intento por diferenciarse terminan todos vistiendo ropa de la misma marca, viajando a los mismos destinos, frecuentando los mismos antros, siendo fotografiados en las mismas revistas de sociales.

¿Quién dijo que la carrera era sencilla? El dilema de los mirreyes radica en que deben parecer cool, y al mismo tiempo no es infinito el universo de objetos —joyas, vehículos, vestimenta, gadgets— por medio de los cuales son reconocidos por su círculo social.

Al “mirrey” siempre le faltará cuerpo para ostentar su despilfarro. So pena de hacer el ridículo, no puede usar más de un reloj (bueno, dos) ni portar más de una cartera, ni hacerse seguir por un séquito que sume más de dos o tres carros de guaruras, así que requiere agregar a su existencia otros sujetos sobre los cuales exhibir su riqueza. Entonces gasta por procuración: la esposa, los hijos y la servidumbre son útiles para satisfacer este ánimo. En efecto, la necesidad del mirrey de mostrar su poder económico beneficia a su séquito: las joyas para la mujer, el Maserati para el hijo, los trajes de tela fina para los guardias personales o el uniforme para la trabajadora del hogar son expresiones del gasto por procuración.

El gasto que se hace por cuenta propia o por procuración es un potente marcador social; por tanto, su exhibición es clave si se quiere tomar distancia contra el resto de la humanidad. Este capítulo está dedicado a explorar algunas formas de la ostentación; o parafraseando a la socióloga mexicana Gina Zabludovsky, los modos que caracterizan y reproducen la dinámica de las relaciones del poder económico en el “Mirreynato” mexicano.

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