27. No sólo por azar se llama Consuelo

Es falso que la doble jornada sea una de las cosas más difíciles que pueden ocurrirle a una mujer. Aún peor es la triple jornada: trabajar, cuidar familia y estudiar. Consuelo Reyes puede dar testimonio. Durante muchos años laboró como trabajadora del hogar y niñera, al tiempo que educaba a sus hijas. Y lo anterior no le impidió estudiar, primero la secundaria y la preparatoria, luego una carrera y al final una maestría. Hoy su vida se ve como un muy largo recorrido de éxito y sin embargo, a la hora de detenerse en cada una de las estaciones, los esfuerzos se admiran por monumentales.

Consuelo llegó a vivir a Phoenix porque una mujer estadounidense fue a buscarla a Magdalena de Kino, Sonora. Me explica que en casa no había manera de costear los estudios de sus hermanos varones y alguien tenía que sacrificarse. Corría 1970 y era común que las familias jóvenes de Arizona contrataran jovencitas mexicanas para que les ayudaran a criar a sus hijos. Aquella patrona cruzó de norte a sur con su propio vehículo, recogió a Consuelo que aún no cumplía la mayoría de edad y se la trajo a Phoenix sin ningún esfuerzo. Entonces la frontera era territorio benévolo con la naturaleza del transito migratorio entre los Estados Unidos y México.

Cuenta Consuelo que, sin embargo, en otra ocasión sí le tocó volver a la casa donde trabajaba con la ayuda de un coyote. Andaba noviando con un muchacho (que por cierto hoy es su esposo) y, como todos los domingos, fueron al cine en downtown Phoenix, donde los mexicanos se juntaban una vez a la semana. Antes de comprar los boletos en la taquilla les cayó encima la migra, pidió sus papeles y cuando ambos no pudieron demostrar una residencia legal, fueron aventados del otro lado de la frontera, en Nogales, México.

Me aclara Consuelo que ella habría podido evitar el mal trago. Habría bastado con que la migra la llevara a la casa donde trabajaba para que ahí mostrara su pasaporte. Pero el caso de su novio era distinto. Manuel no tenía papeles. Sin preguntárselo, la joven sonorense decidió acompañarlo en la aventura. Ya en Nogales no tardaron en dar con un Coyote que les prometió devolverlos a Arizona por unos cuantos cientos de dólares y una larga caminata de aproximadamente diez horas bajo los rayos de la luna. No robaron tiempo a la decisión, ellos y otras personas más, que también se habían privado de la película dominical en downtown, tomaron camino guiados por ese Virgilio del desierto.

Dice Consuelo que lo más difícil fue recorrer aquella ingrata geografía montada en sus zapatos de tacón. Cabe recordar que la migra les aprehendió vestidos de fiesta. El agua era poca, el cansancio grande pero, para fortuna, la juventud de aquellos años superaba con creces cualquier obstáculo. Probablemente ese acto de amor de doña Consuelo fundó a la futura familia Hidalgo, que regaló a quien escribe estas líneas una de las cenas más entrañables de este viaje por el otro país donde también viven los mexicanos.

La biografía de cada integrante de esta familia merecería varias páginas. Ya en otro espacio habrá más justicia para cada uno; en particular para Manuel Hidalgo quien, con una nobleza que brilla en todas sus miradas, es parte central de la historia que aquí se cuenta sobre su esposa. Y es que no habría sido posible que Consuelo lograra educar a sus hijas, atender su hogar, trabajar como niñera en una casa gringa y sacar adelante sus propios estudios, de no haber sido porque Manuel supo trabajar, según sus propias palabras, el machismo con el que llegó a los Estados Unidos. No importó que sus familiares varones lo criticaran, el puso el hombro cada vez que Consuelo se lo pidió. Me aclara, mientras inclina una mirada socarrona que estaba invirtiendo en su futuro, “por eso lo hice” y sonríe.

Hoy Consuelo se dedica a una profesión poco conocida. Ayuda a enfermos terminales para enfrentar la muerte. Casi todos sus pacientes son latinos y no quieren o no pueden hablar inglés durante sus últimos meses o semanas de vida. Ella puede hacer bien su tarea porque es bilingüe y bicultural. Es decir que domina el inglés y el español y por ello puede traducir circunstancias y términos médicos. También sabe cómo abordar la relación con la muerte que en una y otra cultura guarda distancias.

“Es común que los mexicanos quieran irse a morir a su pueblo o que prefieran ser atendidos en un hospital de la seguridad social mexicana. Yo trabajo para una organización que les acompaña en la toma de estas y otras decisiones, una vez que su salud no cuenta con posibilidad para mejorarse. Me toca asegurarme de que entienden la gravedad de su situación, soy responsable de entregarles la información médica en términos que ellos entiendan bien; al final reviso con ellos las opciones que tienen durante el tiempo que les resta de vida y sobre el lugar donde descansarán sus restos.”

No habla Consuelo de este tema con condescendencia, tampoco con frialdad profesional. Ella posee el tono justo para abordar con humanidad un tema tan grave. Mientras la escucho hablar no puedo evitar el deseo que surge en mi conciencia: si un día me ocurre una enfermedad de esas que llaman terminales, quisiera que Consuelo fuera la persona que me lo informara.

La entrevista con Consuelo continúa recorriendo cimas y valles que guardaré como material preciado para otro momento. Mientras tanto quiero agradecerle a ella y a don Manuel, también a sus hijas, la copiosa cena mexicana que regalaron en su linda casa del desierto, por allá en las laderas de Laveen, Arizona. Con ellos constaté que la generosidad del migrante mexicano no conoce limites.

1 comentario en “27. No sólo por azar se llama Consuelo”

  1. Rosalinda De Leon

    circo de ocho pistas: trabajar, estudiar, cuidar hijas, cuidar padres, tener una vida personal, escuchar a los amigos, NO ES PEOR, es simplemente que así nos toco vivir.

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