Llegó a vivir a Phoenix cuando aún no cumplía los diez años. Lo hizo de la mano de su madre y otros ocho hermanos. Corrían los años setenta y Arizona todavía no era inhóspita para los migrantes. Cuenta Maribel que entonces se sintió discriminada por los chicanos y no por los anglos. “Se burlaban de mi en la escuela; por mi inglés y porque no tenía papeles. Recuerdo una niña que solía exhibirme ante mis compañeros y, en español, me gritaba ‘mojada’. Eso era una mentira porque nosotros no habíamos cruzado por el río. Y sin embargo ese adjetivo me avergonzaba”. Maribel acudió con su mamá y le contó sobre esa niña que, por cierto, era pariente suya.

La madre de Maribel nunca aprendió a leer ni a escribir. Tampoco llegó a hablar inglés, a pesar de haber vivido más de 20 años en los Estados Unidos. Sin embargo, como pudo se las arregló para sacar adelante a sus hijos. Dice Maribel que era bastante lista a la hora de defenderse y por ello le dio un buen consejo: “espera a que estén reunidos todos tus compañeros y cuando esa niña te diga ‘mojada,’ tu le recuerdas que su papá es un coyote que vive justamente de cruzar mojados.”

Argumenta Maribel que para ella los términos de aquella discusión le eran todavía vagos: “¿Mojado?” “¿Coyote?” Pero no puso en duda la recomendación de su madre. Para sorpresa suya, aquella niña impertinente no volvió nunca más a molestarla. A pesar de que han pasado treinta años desde entonces, Maribel todavía cuenta divertida sobre el rostro rojo de aquella chicana cuyo padre, en efecto, era coyote y con ese oficio mantenía a su familia.

“Así nos sacó mi madre adelante. No tenía educación pero era muy echada para delante. De ella aprendí que la mujer debe defenderse contra toda forma de violencia.” A pesar de tener tantos hijos con el mismo hombre, no se detuvo cuando decidió cruzar el río para dejar atrás el maltrato y los golpes. A hurtadillas, madre e hijos abandonaron México para evitar que el padre siguiera dejando huella humillante sobre sus vidas.

“Acaso por aquella experiencia es que luego estudié para trabajadora social y ahora me hago cargo de este albergue.” Maribel dirige un albergue de mujeres latinas que necesitan rehacer la vida, junto a sus hijos. Ella muestra con orgullo los pequeños departamentos, muy limpios y muy dignos, donde residen madres e hijos, durante temporadas que van de los tres a los seis meses. “Viven aquí hasta que recuperan la estima, logran encontrar un trabajo y están mejor protegidas sicológicamente para defenderse de las agresiones.” Igual que en Albuquerque, aquí en Phoenix la violencia contra las mujeres migrantes es mucha. Ellas son el último y más débil eslabón de la cadena de opresiones que se produce por la ilegalidad en la que viven las poblaciones migrantes.

Maribel habla con mucho enojo del sheriff Joe Arpaio, autoridad policiaca de Maricopa, condado donde se encuentra la ciudad de Phoenix. Antes de que se aprobara la ley SB170 este funcionario comenzó a hacer redadas en las escuelas públicas donde los niños parecían “mojados.” Bastó con que el pantone de la piel fuera similar al de la mayoría de los mexicanos para que la policía detuviera a sus papás y les exigiera papeles.

A los menores, Arpaio no podía llevárselos pero empezó a hacerlo con sus papás. Teniendo la historia de Maribel en la mente, es posible imaginarse la pena que miles de niños en Phoenix han tenido que enfrentar cuando, solo por parecer ilegales, sus padres han sido detenidos en la puerta de su propia escuela, frente a la mirada desconcertada y quizá también envilecida de muchos de sus compañeros. El estigma del ilegal – que por estos tiempos es sinónimo de delincuente – impuesto y exhibido en ese espacio donde se creería que los menores acuden para hacerse de conocimientos, donde aprenden de derechos y comienzan a ejercer su futura ciudadanía.

Arpaio tuvo tanto éxito con sus redadas que convenció luego al Congreso local de Arizona para que la ley amparara sus arbitrariedades. Por eso fue que se promovió y aprobó la SB170 que autorizó a la policía a detener a toda persona que, ante sus ojos, “pareciera” un ilegal. Esta propuesta derivó en acciones subjetivas, basadas sobre el perfil racial de las personas: individuos culpables por el solo hecho de parecer culpables. Al mismo tiempo, la policía de proximidad se convirtió en auxiliar de la policía migratoria. Una vez detectada la irregularidad de una persona, ésta pasó a ser consignada ante las autoridades dedicadas a la deportación de ilegales.

¿Y los hijos de los deportados? Muchos se quedaron en casa de parientes, otros de plano tienen que arreglárselas en lo que sus padres logran pagarle a otro coyote para que los traiga de vuelta. Sin embargo la cosa se complica si el Sheriff los vuelve a detener; la ley autoriza a considerarlos delincuentes y, antes de deportarlos de nuevo, les encierra tres años en una prisión privada que el estado de Arizona ha contratado para este propósito.

Las historias de separación familiar, orfandad, violencia, desgarramiento emocional, racismo e injusticia no han dejado de ocurrir en Arizona. De hecho se han agravado. Insiste Maribel que en los años setenta, la discriminación provenía solo de los chicanos en contra de los mexicanos recién migrados. Ahora también la sufren los chicanos, si es que éstos “parecen” mexicanos. Acaso esta circunstancia esté provocando que, en Arizona, la cohesión de la comunidad México-Americana (mexicanos y chicanos) sea hoy más potente de lo que era cuando Maribel llegó a vivir, a la edad de 11 años, a la ciudad de Phoenix, en el municipio de Maricopa.

Pueden enviar sus historias y fotografías a viaje@ricardoraphael.com

Previous post México 2050: el desafío climático
Next post Fin de viaje por el otro país donde también viven los mexicanos

One thought on “25. Perfil racial

  1. Sería interesante que se pudiera hacer una traducción al Inglés de todos estos blogs

Los comentarios están cerrados.