“Vale la pena visitar la librería, aunque sólo sea para mirar los títulos prohibidos en Arizona”. Silencio intrigado. “¿Sabe de qué hablo?” Gesto de negación, también en silencio. Una linda joven, entusiasmada por poder compartir información clasificada, explica que el procurador de Arizona promovió ante la Corte de su estado (y ganó), que una serie de libros relacionados con la tradición y la cultura mexicoamericanas fuesen expulsados de las escuelas. El argumento: no tiene objeto educar a los niños con razones ajenas a su identidad que luego alimentan la polarización en la sociedad. Orgullosa de ser nuevomexicana y también por mostrar que la gente de Arizona significa lo opuesto, la joven güerísima coloca su dedo índice derecho sobre la sien, lo hace girar y así expresa su valoración sobre los vecinos que viven en Phoenix.

LIBROS 2 - baja

La recomendación es una pista irresistible. En el número 102 W de la calle San Francisco de la ciudad de Santa Fe se encuentra una librería cuyo nombre no necesita más de una palabra: “Allá.” Aguarda más de una sorpresa al entrar; se exhiben los libros prohibidos pero también hay ahí dos libreros que son una joya de amabilidad humana: Bárbara y Jim Dunlap. Él vivió en México una larga temporada, hacia finales de los años sesenta y principios de los setenta del siglo pasado. Ella es profesora universitaria de literatura latinoamericana (Sabe todo sobre la presencia Jesuita en el Brasil colonial). Ambos se conocieron en Santa Fe y en esta ciudad han hecho la vida, mientras venden libros en español y también promueven textos sobre estudios chicanos. En breve, son dos misioneros modernos del Camino Real de Tierra Adentro.

De haber sido propietarios de esta librería en Arizona, su negocio habría naufragado. Pero en Santa Fe sucedió lo opuesto: Jim y Bárbara surten de libros a las escuelas de una entidad donde el castellano también es lengua oficial. Por eso es posible comprar en “Allá” la última novela de Alberto Ruy Sánchez y los libros más reputados del nuevomexicano Rudolfo Anaya. Pocas librerías en México estarían mejor surtidas en comparación con ésta que se encuentra en un segundo piso muy céntrico de la ciudad de Santa Fe.

Es hora de cerrar el establecimiento y sin embargo la conversación con Bárbara y Jim toma vuelo. Él se pone de pié y se dirige con energía hacia la sección de historia latinoamericana. De golpe los libros formados en hilera se desplazan, todos juntos, de izquierda a derecha. Aparece en su lugar un pequeño refrigerador que contiene suficiente cerveza para continuar por varias horas la jornada. Jim presume que, además de saber de libros, es también un talentoso carpintero. Constato que el encanto de esta entrañable cueva se debe, no solo a los libros sino también a la madera cuidadosamente trabajada para exhibir las muchas noblezas que el papel contiene en las viejas librerías.

Jim presume fotografías con media intelectualidad mexicana. Fue amigo de Manuel Álvarez Bravo y también de Carlos Fuentes. Bárbara y él opinan con autoridad sobre la ciudad donde viven: la identidad alternativa y desparpajada de Santa Fe viene de la época del movimiento hippie. Quienes eran jóvenes en los años sesenta, muchos de ellos ricos herederos de familias bien avenidas de la costa Este, decidieron inventarse para sí una forma distinta de existencia, más conectada con la naturaleza, los sentidos y el arte. Y Santa Fe los recibió sin pedir nada a cambio. Vinieron a vivir aquí pintores, músicos, artistas, directores de teatro y demás fauna a la que un buen día le pareció insoportable la frivolidad de Nueva York. Luego se sumarían otros que, por razones similares, migraron desde Los Ángeles. En los bares del centro de esta ciudad ocurre encontrarse al setentón Sam Shepard, intentando ligar mujeres orientales que apenas han cumplido los 21.

Bárbara me aclara que, a pesar de no ser como el resto de los estadounidenses, también la gente de Nuevo México carga con grandes prejuicios a propósito de mi país. “Inclusive personas tan serias como Sam Shepard cargas con muchos lugares comunes, me aclara, y sin embargo, aquí el trato hacia los mexicanos será siempre más amable que en otros lugares, desde luego mejor que en Arizona donde se han vuelto tan xenófobos.” La pregunta es obligada: ¿por qué Nuevo México y Arizona, habiendo sido un mismo territorio, hoy son dos galaxias tan distantes? Bárbara atiende la interrogante con la parsimonia del mejor pedagogo: porque Nuevo México ya tenía una identidad bien formada cuando la guerra de 1846-1848; en cambio Arizona estaba prácticamente despoblada. A excepción de la frontera (Nogales y Tucson) el resto era un desierto ocupado solo por unos cuantos nativo americanos.

LIBROS 1 - baja

A Phoenix lo poblaron, durante la segunda mitad del siglo XIX,  mormones y anglos venidos de regiones conservadoras de los Estados Unidos. Se ha vuelto además zona preferida para retirados y éstos suelen tenerle aversión al riesgo. Se trata de una población que no conecta con lo mexicano porque nada en su historia personal o colectiva tiene ligas con esa tradición. El pasado nuevomexicano es sin embargo muy distinto. Aquí podría alguien no sentirse próximo a México pero sí al castellano, a la comida y la música de ese país, a las raíces españolas y a la arquitectura que emparenta. Si tales elementos no aproximan, nada más podría hacerlo.

La conversación con Bárbara y Jim redondea la idea. Ellos no nacieron en Santa Fe pero reflejan muy bien, por el entusiasmo y su inteligencia bien cultivada, muchas de las preguntas que fraguan la identidad de Nuevo México y que, en efecto, resultan tan diferentes a las preocupaciones dominantes en Arizona.

Los dos insisten: ¿para qué ir a Phoenix? Aquí, en en esta librería llamada Allá, se está mejor. Lo dicen mientras Jim saca otra cerveza del librero latinoamericano y el viajero queda convencido de que ninguna conversación podrá superar ésta sostenida dentro de tan peculiar santuario de la calle San Francisco, en downtown Santa Fe.

Pueden enviar sus historias y fotografías a viaje@ricardoraphael.com

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