Berlín del norte y Berlín del sur. Esa es la relación geográfica y también sentimental que guardan El Paso y Ciudad Juárez. Al origen se trató de la misma población. El Paso Norte fue Juárez y Franklin, un barrio anglosajón. Las dividía un río y nada más. De un lado y otro se hablaba español, se comía mexicano y se veneraba a la guadalupana. Ni la guerra de 1836, ni el tratado de Guadalupe-Hidalgo separaron a las familias que vivían de uno y otro lado del Río Bravo.

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Con la intervención francesa, El Paso del Norte dejó de llamarse así para tomar por nombre el de Ciudad Juárez, en honor al presidente que aquí se refugió mientras echaba a los galos al mar. Los habitantes de Franklin aprovecharon la oportunidad y se quedaron entonces con el nombre original.

La Revolución mexicana y sobre todo la Primera Guerra Mundial impusieron las primeras distancias. Al borrachín de  Victoriano Huerta, una vez desempleado, se le ocurrió convertirse en espía alemán y venirse a radicar a El Paso, Texas. A los gringos aquello les cayó como yunque sobre las uñas de los pies y tomando como pretexto este hecho construyeron la garita de Santa Fe.

No fue hasta ese momento que comenzó a gestarse un discurso discriminatorio fabricado para distinguir las sutiles diferencias que entonces había entre los habitantes del Paso y los de Ciudad Juárez.

Sirvió también como subterfugio el virus del tifus que, aseguraban los vecinos anglosajones en Franklin, la cruzaron los mexicanos. Fue entonces que en la garita de Santa Fe se montaron unos baños públicos para desinfectar a los migrantes. Las historias de humillación y desprecio vienen de aquella época. La voz mexicano comenzó a ser utilizada entonces como sinónimo de inferior, sucio, flojo, enfermo, degradante y violento. Quienes antes eran parte de un nosotros se escindieron para ser conjugados en otras personas distintas a la primera del plural. Nació El Otro, como una realidad artificial pero muy eficaz para atizar los ánimos de moda sobre la supuesta superioridad racial de los hombres blancos. Coincide aquel momento con los réditos que en las urnas de El Paso comienzan a brindar los discursos anti-mexicanos, entre los políticos estadounidenses de esta ciudad tejana.

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Ayudaron para alimentar el imaginario anglosajón los episodios revolucionarios, en particular el ataque que Pancho Villa propinó en Columbus, Arizona. Sirvió como confirmación a propósito de la idea del mexicano indómito e incivilizado, frente al cuál debían protegerse los caballeros y las damas de la buena sociedad blanca y protestante.

Durante la segunda mitad del siglo XX, una vez esculpida la simbólica distancia, se procedió a erigir la frontera física. Se secó el Río Bravo para que nada líquido pudiera confundir los sentimientos y se erigió un muro que se presume como impenetrable. Uno tan ridículo como el que una vez hubo en la ciudad de Berlín y que, durante al menos dos generaciones, separó a las familias y los amigos.

No sorprendería que algún día, como sucedió en esa ciudad alemana, esta otra tapia fuese derrumbada. Pero esa eventualidad hoy se mira muy lejos. Ya no es el contagio del Tifus, ni el supuesto espía alemán, lo que alimenta las distancias. El argumento hoy, como desde los años veinte del siglo pasado, es atizar el fuego de la xenofobia que tanto ayuda a ganar elecciones. Distinta sería la historia si espíritus menos mediocres gobernaran el lugar. Cabe advertir que la inmoralidad no es monopolio estadounidense porque al sur se gastan con igual vileza las decisiones y el ejercicio de la política.

Lo más grave de la circunstancia es que, mientras subsistan estos dos Berlines, la ciudad del norte tenderá a extraer para sí los beneficios, dejando para la ciudad del sur todos los costos de la vecindad. Los buenos negocios radicarán allá, la violencia de este lado; el arte al norte, la pólvora al sur; la mano de obra bien pagada arriba, la opresión femenina abajo; la paz de un lado, la violencia del otro; la estética en El Paso, la rudeza en Ciudad Juárez.

 

Esta falsa frontera hace que el contraste de los dos mundos crezca todos los días. El bien y el mal de la mitología humana echa raíces en una geografía que aún hoy sigue siendo la misma. El Paso es una suerte de vampiro que chupa para sí toda la sangre de la región. Y mientras esto ocurre, el resto de México continúa dejando librada a su suerte a esta ciudad fronteriza, sin asumir todavía que tal mezquindad se paga muy cara. Para ejemplo ahí están las Muertas de Juárez y también los más de 10 mil muertos de la guerra contra el crimen organizado. Ahí estuvo (o sigue estando) el gobierno de los narcotraficantes y la trata de personas, y el humillante comercio de indocumentados.

 

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