A él lo llamo aquí Jes. A ella me referiré como Rosa. La historia que cuento es reciente y habla de ambos. También implica a sus hijos. Estos no son sus nombres reales. Por respeto a su triste historia es que me han pedido cambiarlos.

Jes y Rosa cruzaron juntos apenas cumplidos los 20 años. En México, jovencitos se prometieron como pareja y también apresuraron la idea de una vida mejor del otro lado de la frontera. Venían de algún pueblo de Chihuahua o quizá de Durango. Quien me contó sobre ellos no pudo precisar esta información. Lograron establecerse en El Paso. Ahí tuvieron a su primer hijo y luego al segundo. Fueron padres jóvenes y también jóvenes se hicieron de una casa y un auto.

Para sus hijos, el sueño americano comenzaba a dejar de ser un sueño. Al nacer les entregaron un certificado de nacimiento y, tanto o más importante, un número de seguridad social. Dejó de importar que los padres fueran indocumentados cuando los papeles de cada hijo otorgaron a la siguiente generación constancia para la ciudadanía estadounidense.

Seis o siete años pasaron sin mayor sobresalto para Jes y Rosa. Los dos encontraron un trabajo con qué pagar la comida, el vestido, la renta y también para ahorrar. Casi nada podía cambiar el curso de su existencia y sin embargo ese casi se convirtió en una insoportable rendija hacia la infelicidad.

Un amigo de la pareja llamó una tarde de jueves a Rosa. Le comunicó que el carro de Jes había sido encontrado en un barrio poco poblado de El Paso. Los vecinos atestiguaron que el conductor fue detenido por el Sheriff (la policía de la ciudad) y sin violencia ostensible terminó subido en el asiento trasero de una patrulla blanca. A Rosa se le colapsó la respiración cuando escuchó la narración de los hechos. Como ella, Jes no contaba con papeles legales de estancia en El Paso. A pesar de ser padre de dos niños estadounidenses y de haberse asentado seis años atrás en Texas, por su estatus migratorio, ambos eran indeseables delincuentes.

Si el Sheriff había tomado la decisión de presentar a Jes ante la patrulla fronteriza, las cosas se iban a poner feas. Transcurrieron doce horas horrendas en casa de Rosa. Minuto tras minuto los fantasmas del desastre vinieron a tocar la puerta de esta familia sin que nadie pudiera conjurarlos.

Por fin llegó la llamada tan deseada. Jes se comunicó con Rosa desde Ciudad Juárez. Contó a su mujer que, en efecto, el Sheriff lo detuvo cuando conducía su vehículo personal por una supuesta infracción de tráfico. Una vez que la policía de tránsito decidió exigir una identificación, a Jes le tocó confesar su situación ilegal. No era obligado que esta autoridad lo condujera ante los encargados de la seguridad migratoria y sin embargo justamente eso hizo.

Luego vino lo inesperado. Contó Jes a su mujer que, sin trámite ni procedimiento apegado a la norma, la Migra lo condujo hasta el puente de Santa Fe y ahí le exigió que siguiera caminando hacia Ciudad Juárez sin atreverse a mirar atrás. El joven padre optó por guardar silencio sobre su familia para proteger a Rosa y a sus hijos. Ella escuchó mientras se normalizaba el ritmo de su respiración y le conminó a encontrar pronto un coyote que le devolviera a su casa.

Después de aquella llamada Rosa no volvió a escuchar nunca más la voz de Jes. Una semana más tarde llamaron de Ciudad Juárez para decirle que el cuerpo sin vida de su marido había sido encontrado en un barrio polvoriento del lado mexicano. Rosa no obtuvo más información que ésta. Supone que Jes acudió con el coyote equivocado. Alguien metido en negocios turbios. O quizá se interpuso azarosamente entre una pistola y una bala. Nadie es todavía capaz de justificar cómo o porqué murió Jes. Es la triste historia de un indocumentado mexicano que, sin mayor trámite, fue conducido al puente de Santa Fe para que marchara de regreso hacia un destino del que él y su mujer habían logrado escaparse. Esos pasos sobre el Río Bravo serían los últimos.

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